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Roma, 21 de enero de 2016

Es posible que un día cualquiera mi hija se refugie en una ciudad de la provincia obtusa de Europa en busca de una defensa cualquiera. Se alejará así de la visión de los muertos concretos de su país solar. 14 personas al día, 7 de ellas mujeres. Y un montón de desaparecidos, uno de cada siete una niña, en menor cantidad un niño. Y mujeres, hombres, de todas las edades, jóvenes fuertes, jóvenes deseables. Once desaparecidos cada día. Ella huirá de la muerte del cuerpo,de su disolución con ecos de violencia,  apenas una generación después de que yo huyera de Europa de la que había experimentado, no sólo visibilizado, la muerte del alma. Ahora, en este continente de guerras ridículas e indispensables (la guerra alimenta su identidad), espero que ella no vea el fin del mundo. La deseo viva, aunque sea porque se ha escapado con su habilidad camaleónica y guepardesca, de la voluntad de matar. La deseo sembradora. Su país solar es todavía mi última tule. Los grupos y las ganas de vivir alimentan mis utopías facilonas de campesina. Quiero ser parte de un todo, un grano de la mazorca que la mano de una humana compasiva desgrana.

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Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 62 años (soy de noviembre de 1956) cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tengo menos fuerzas que hace 20 años, me canso más y cargo menos, pero sigo creyendo que el mundo se conoce caminándolo, cruzando fronteras físicas que se quisiera desaparecer, subiendo y bajando de vehículos, burros, zapatos, carretas jaladas por yaks (animales simpáticos, por cierto). Desconfío y evito las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: a los 55 años he dejado la academia porque está tan controlada que no deja pensar críticamente ni escribir con placer: el aprendizaje autónomo es un camino hacia la libertad

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