La lengua, el habla, el sexismo, el pensamiento, la política y las actitudes neomachistas

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Tout ce qui a été écrit par les hommes sur les femmes  doit être suspect, car ils sont à la fois juge et partie.”
Francois Poulain de la Barre

Hubiese querido usar el apellido de mi madre y no el de mi padre, pero a final de cuentas el apellido de mi madre era el de mi abuelo y no el de mi abuela adorada, de la que quería ser la nieta reconocida.

Cuando a una antigua novia de mi hermano le dije que era una espléndida arquitecta, ella se indignó y me dijo que era un arquitecto.

En uno de los pocos momentos de afectuosa intimidad con mi padre, un hombre culto y un excelente analista de la relación entre memoria colectiva, de clase, e historia escrita, le dije que probablemente por su influencia yo me sentía mucho más una historiadora de las ideas que una filósofa. A él las palabras historiadora y filósofa le hicieron soltar una risotada vulgar.

La violencia verbal, que es a la vez violencia de la nomenclatura y violencia del silencio, es una más de las violencias disciplinadoras que las mujeres sufrimos a diario. El neomachismo contemporáneo hoy la esgrime como un último recodo del derecho masculino sobre la existencia misma de las mujeres. No obstante, la defensa machista del lenguaje excluyente recae en hombres cultos, escritores, científicos y artistas, cuando no defensores de derechos humanos (de los hombres) y médicos. Éstos descalifican las posiciones lingüísticas feministas a partir de su condición privilegiada de masculinidad. Los argumentos que esgrimen son de una diversidad enorme: creen que las mujeres son inferiores, o más bien deben ser inferiores a ellos, pero no lo dicen abiertamente. A Evo Morales mismo se le ha escapado en un discurso público que las mujeres son inferiores a los hombres, aunque después corrió a justificarse diciendo que fue un lapsus. Los neomachistas esgrimen todo tipo de argumentos para no hacer visibles a las mujeres y sus aportes culturales, políticos, científicos y filosóficos. Arguyen, por ejemplo, como lo ha hecho en repetidas ocasiones la RAE, que el lenguaje incluyente es feo, poco ágil, repetitivo o ridículo, que el plural masculino incluye a las mujeres según reglas gramaticales aceptadas desde hace años…

Ya que aquí todas y todos utilizamos las palabras como medio de expresión, enseñanza y creación, déjenme jugar con una metáfora. La lengua que usamos es un edificio. Tiene cimientos de siglos, que provienen de otra y otra lengua, que fueron transformándose por motivos tan diversos como invasiones territoriales de hablantes de otras lenguas, cambios geográficos, sociales o tecnológicos. Imagínense todas las tecnologías de control social que recaen sobre esos cimientos, cambios de sistemas comunitarios a la propiedad privada, de repúblicas a monarquías y de la monarquía absoluta a nuevas formas republicanas, de sistemas igualitarios al patriarcado, de casas familiares a lofts unipersonales…

Los elementos constructivos de esos cimientos son porosos, piensen en los salitres, las humedades ascendentes, las masas aislantes con los que de vez en cuando los resanan los y las habitantes del edificio. Bueno, más los que las porque durante siglos la propiedad privada ha estado en manos masculinas y el colectivo trabaja callado. Esos cimientos durante los siglos se han ido debilitando, sin embargo; del paso del tiempo no se salva nadie. Han cambiado los insultos y las declaraciones de amor, la idea de salud y ya nadie se extraña de que haya presidentas, alcaldesas, ministras, aún ministras que actúan como hombres, igual de corruptas y arbitrarias.

Por encima de los cimientos, que también podemos llamar bases, basamentos, plataformas y peanas, estaban los establos, hoy transformados en tiendas o en estacionamientos. Más arriba se encuentran las viviendas, cada una con sus sistemas de agua, de luz, de calefacción o de enfriamiento (cuando no de los dos, eso depende del lugar geográfico donde se ubica el edificio). En el techo, hace tiempo, en el sur se subían los tapetes para dormir al fresco durante los veranos, en el norte se ponían tejas que hicieran escurrir el agua y la nieve en invierno. Hoy en los techos se han instalado placas solares para la luz eléctrica y calentadores de agua que también utilizan el sol como fuente de energía.

En pocas palabras, como en cualquier edificio los cambios se adaptan a las necesidades, así en nuestra lengua es lógico que si la arquitecta es una mujer se vuelve inútil llamarla arquitecto, a menos que no queramos expresamente reconocer que el encargo a una mujer de algo atribuido al ámbito de la masculinidad (como la capacidad de diseñar, construir y adaptar) no debe implicar el reconocimiento de la igualdad de capacidades inventivas y prácticas de las mujeres y los hombres. Hablar de arquitectas y arquitectos (o cómo diablos se habrá dicho entonces), debía ser normal en Catal Huyuk, una de las últimas ciudades no patriarcales de Anatolia, porque nos han quedado documentos pictográficos que muestran que en ella mujeres y hombres construían, cuidaban infantes, conducían barcos, caminaban en la calle, pero es cierto que por más de 2500 hombres la arquitectura fue considerada una actividad masculina.

Así que hace 150 años decir que una mujer era arquitecta debía corresponder a un juego de palabras o a una metáfora, algo así como “la arquitecta de un buen matrimonio”, por ejemplo,  pero después de 1902, cuando se tituló Julia Morgan, el título de arquitecta volvió a designar la profesión de una mujer. Es un equívoco llamar arquitecto y no arquitecta a la constructora de más de 700 edificios y a sus colegas Marion Lucy Mahony Griffin, quien colaboró en el diseño de la ciudad de Canberra en Australia, Matilde Ucelay Maórtua, primera mujer titulada en arquitectura en España, Anna Keichline,  inventora del ladrillo K, hueco e incombustible, María Luisa Dehesa Gómez Farías, primera mujer mexicana titulada como arquitecta en 1939 en la Academia de San Marcos de la Universidad Autónoma de México, Zaha Hadid, ganadora del premio Pritzker 2004, el máximo galardón en la Arquitectura, por su proyecto  arquitectónico para el centro de tratamiento contra el Cáncer, “El Maggie Center”, para nombrar solo a algunas. [1]

¿Por qué en la actualidad los grupos de intelectuales antifeministas han subrayado la inmutabilidad de la lengua en cuanto a las reglas gramaticales que se refieren a los géneros? ¿Qué les hace decir que en el lenguaje oficial el género no importa, pero se indignan si se les habla en femenino? ¿Por qué se niegan a los títulos universitarios en femenino, en qué les amenaza una médica o una música? ¿Por qué se indignan cuando alguien habla de la infancia y dicen que es absurdo sustituir la palabra niños, así en masculino plural, pues según ellos es neutra o incluyente?

Que las palabras tengan un valor social es evidente, que enunciar la existencia de algo o alguien lo hace real para las y los oyentes también. En algunas culturas se prohíbe nombrar a los muertos en cuanto ya no existentes, en otras, se les recuerda en fechas recurrentes para mantenerlos vivos en el corazón de la comunidad. En castellano, la expresión “padres” para hablar de ambos progenitores de una persona implica una voluntad expresa de borrar la figura materna del reconocimiento social que implica el trabajo de crianza. En el inglés victoriano, el nombre mismo de la esposa era subsumido a la sujetividad del marido, de modo que Mary Smith después de casarse era borrada al punto de volverse la señora David Brown. Decir, como lo ha hecho en 2012 el académico español Ignacio Bosque, que utilizar un lenguaje no sexista implicaría una imposibilidad de hablar porque el uso genérico del masculino para designar a los dos sexos está firmemente asentado en el sistema gramatical español y de otras muchas lenguas,[2] es una expresa negación del derecho al cambio del lugar de sujeción de las mujeres frente a los hombres en el mundo.

A Ignacio Bosque lo ha respaldado el pleno de la Real Academia Española, porque antes de decir que no se puede acusar de sexismo a quien usa el lenguaje aprendido en los manuales de gramática, afirma enfáticamente que está en favor de que no se maten mujeres por violencia doméstica. Vaya, sólo faltaba que dijera lo contrario o no admitiera que la violencia doméstica mata a diario.

Concretamente, Bosque dirigió su crítica contra las guías de la Junta de Andalucía y de la Generalitat Valenciana, de las universidades de Málaga (junto con el ayuntamiento de esta ciudad), Granada, Politécnica de Madrid, Murcia y de las Comisiones Obreras en colaboración con el Ministerio de Igualdad y la Unión General de Trabajadores. En ellas se recomienda, por ejemplo, decir “la ciudadanía” en lugar de “todos los ciudadanos”, y sustituir “los becarios” por “las personas becarias” y “las personas sin trabajo” por “los parados”. Además, como buen eurocentrista, Bosque ni siquiera mencionó que mucho antes en México, Chile, Argentina, Venezuela y Honduras se habían redactado múltiples guías de lenguaje incluyente para periodistas y funcionarios de ambos sexos.

Recuerdo que cuando pedí, durante una de las interminables reuniones que sosteníamos en los primeros tiempos de la UACM, que los documentos universitarios utilizaran “el profesorado” o “el cuerpo docente” por “los profesores” y “el estudiantado” o “las y los estudiantes” en lugar de “los estudiantes”, nadie me hizo caso, ni siquiera me criticaron abiertamente, sólo un colega comentó de modo que lo oyera pero no pudiera reconocerlo: “claro, otra de las pendejadas de la feminazi”. Cuando le pedí que diera la cara, no sólo no lo hizo, sino que ninguna y ningún colega dijo quién fue. “Feminazi” es un típico apelativo neomachista que identifica una ideología y una práctica de liberación con algo que la colectividad considera repulsivo y antihumano, como el nacismo. Es, por lo tanto, un término reaccionario y agresivo, pero que una mujer lo denuncie implica para el colectivo sometido a la agresividad verbal neomachista que ella sea quien no tiene sentido del humor. Las prácticas neomachistas son fuertemente manipuladoras.

¿Por qué hay profesores de filosofía, y entre ellos algunas profesoras, que insisten en utilizar la palabra hombre como sinónimo de ser humano si ya en el siglo XVII François Poulain de la Barre dejó muy claro que en el lenguaje común una mujer no es un hombre? Mulier homo est, en latín, es una frase muy clara, en cuanto homo significa ser humano, mulier mujer y hombre se dice vir, pero en el español de uso cotidiano, literario y científico, americano, africano y europeo, es un contrasentido decir que la mujer es un hombre. ¿Por qué es más fácil ponerse de acuerdo sobre la incorporación de palabras provenientes de otras lenguas que han aparecido para identificar objetos y técnicas relativas a la ingeniería electrónica que cambiar el uso incorrecto de la palabra hombre o modificar una regla gramatical? ¿Acaso no ha sido una práctica histórica desechar palabras y expresiones que dejaron de tener un uso común? ¿Qué se quiere mantener al perpetuar un uso excluyente de las mujeres y lo asociado con ellas?

Por supuesto en unos años este debate parecerá una estéril diatriba. Como todo edificio, la lengua modificará lo que le sea necesario para una mejor convivencia y un uso más cómodo de los espacios comunicativos comunes. Lo que me parece más importante es analizar el porqué de la resistencia neomachista a las transformaciones de una lengua que le pertenece a todas las personas que la hablan.

Llamar hijo de puta a un político corrupto, definirlo puto, hacer referencia a un sexo femenino para definir la corrupción, como lo hacen muchas consignas en las marchas de protesta política, remite no sólo a una deseada superioridad de los hombres y las actitudes asociadas a la masculinidad heterosexual, sino que son defendidas por obtusos militantes que acusan a la persona que les pide que cambien el lenguaje de ser agresiva y confundir a los jóvenes (así, en masculino) que se acercan a la política.

El señor Bosque, en su artículo arriba citado, reconoce que es cierto que “existe la discriminación hacia la mujer en nuestra sociedad” y que es necesario “extender la igualdad social de hombres y mujeres, y lograr que la presencia de la mujer en la sociedad sea más visible”, pero sostiene que es insostenible cambiar el léxico, la morfología y la sintaxis del castellano en relación con los géneros y que hacerlo “no garantizaría la visibilidad de la mujer”. Las ironías que utiliza para descalificar los ejemplos de lenguaje incluyente revelan que su actitud no es nada neutral. Más aún sostiene que  “forzar las estructuras lingüísticas para que constituyan un espejo de la realidad” sólo impulsaría “políticas normativas que separen el lenguaje oficial del real”.

El rechazo del señor Bosque a los manuales de lenguaje incluyente me parece muy cercano a otros argumentos que en la actualidad esgrimen los grupos antifeministas que se apoyan en diversos argumentos para devaluar a las mujeres, entre ellos una lectura desviada de la crítica poscolonial al feminismo euroestadounidense. Por ejemplo, algunos neomachistas rechazan las teorías y prácticas de liberación de las mujeres porque las primeras teorías feministas eran liberales, socialistas y anarquistas, eso es de corrientes políticas occidentales, propias de naciones hegemónicas o dominantes.

Es hora de reconocer que en la literatura como en el lenguaje común todo neologismo es una proposición, que los estilos de expresión siempre responden a posiciones estético-políticas, que para tener iguales derechos una mujer no tiene por qué ser asimilada a un hombre y que el reconocimiento de las diferencias implica un aporte y no una resta para la humanidad.

Las políticas de igualdad legal entre mujeres y hombres emprendidas hace ya más de un siglo y la masiva incorporación de la mujer al trabajo y la administración pública han modificado y modificarán más la forma de hablar. No en todos los casos son reflejo de una liberación de las mujeres, pero sí de su visibilidad pública, de su salida del lugar de reclusión política donde las habían ubicado las leyes de discriminación, el espacio doméstico.

Resistirse a la feminización de los oficios, cargos y profesiones es una manifestación de conservadurismo, no sólo algo políticamente incorrecto. Negarse a entender que los piropos son agresiones en cuanto implican el derecho de un grupo de personas, los hombres, a calificar el cuerpo, los modos de vestir y los comportamientos de cualquier persona de otro grupo social, las mujeres, implica perpetuar estereotipos agresivos de comportamiento de género. Finalmente, como historiadora sé que el lenguaje no sólo es hablado, sino también escrito, pictografiado, representado, gesticulado y que el machismo de las gráficas de los museos de antropología cuando muestran la evolución como un sucederse de simios siempre un poco más erguidos, todos con características masculinas, es de una ignorancia brutalmente hilarante: ningún macho se ha reproducido sólo nunca. De ser masculina, la humanidad simplemente no existiría.

[1] Anita Delgado, “La mujer en la arquitectura”, 15 de marzo de 2011, http://apuntesdearquitecturadigital.blogspot.mx/2011/03/la-mujer-y-la-arquitectura-arq-anita.html 

[2] Ignacio Bosque, “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”, informe presentado al pleno de la RAE el 1 de marzo de 2012, 18 pp., http://www.rae.es/sites/default/files/Sexismo_linguistico_y_visibilidad_de_la_mujer_0.pdf

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Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis casi 61 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

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