Leído en Zacatecas el 27 de noviembre de 2015: Respuestas feministas a la violencia capitalista

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RESPUESTAS FEMINISTAS A LA VIOLENCIA CAPITALISTA

Francesca Gargallo Celentani

Zacatecas, 27 de noviembre de 2015

 

Urge que entre mujeres hablemos  de la violencia capitalista en acto. Por ello, con ustedes, hoy, quiero hablar de la violencia que intenta doblegar el trabajo a la gratuidad, construyendo de mil maneras las condiciones de precariedad que facilitan la demanda de una flexibilidad absoluta, exacerbando la competitividad y el aislamiento de las personas. El capitalismo contemporáneo, no aquel al cual hace cincuenta años nos esforzamos por ingresar, utiliza el miedo y la seducción, mecanismos de exclusión y promesas de ganancias, hasta que los y las trabajadoras se muestren entusiastas con los constantes aprendizajes que deben realizar para competir entre sí. Casi podría decirse que intenta feminizar a la entera clase trabajadora, convenciéndola o atemorizándola hasta que acepte la precariedad de su condición, alargándole la jornada según un modelo materno de “disposición amorosa total”, borrándole su historia de organización, separándola de sus conocimientos para que los ponga al servicio exclusivo del sistema.

El entero sistema se esmera en atemorizar a las personas para que no confíen unas en las otras, cedan su autonomía y pierdan sus defensas colectivas, por ejemplo renunciando a la sindicalización. Para ello, el capital hace recurso de la violencia, fomentando la inseguridad callejera tanto como la inestabilidad laboral. Doblega al estado para que omita la procuración de justicia, multiplica las policías privadas de tipo paraestatal, controla el mercado de la seguridad, interviene en la circulación de armas…

La filósofa Silvia Federici y la antropóloga Rita Laura Segato han sostenido últimamente que la explotación laboral y la educación a la violencia tienen que ver con la feminización de la economía, entendida no sólo como ingreso masivo de las mujeres al mercado de trabajo, sino sobre todo como  precarización del trabajo y del derecho a la vida de toda la población.[1] Para la politóloga Cristina Morini la condición histórica de las mujeres -la de reproductoras y cuidadoras- se ha convertido en el modelo de explotación de todas las personas en el sistema capitalista contemporáneo: las competencias femeninas son las que sostienen los afectos, las comunicaciones y la dedicación vital que el capitalismo quiere poner a trabajar para su beneficio, reduciendo las prestaciones laborales y flexibilizando los horarios hasta subsumir la subjetividad de las personas en el trabajo.[2] Las mujeres no dejan de ser el objeto del intercambio sexo-económico que está en la base de “la relación de clase más larga de la historia”, como Paola Tabet define la relación social entre hombres propietarios de riquezas y mujeres trabajadoras;[3] sin embargo, hoy el capitalismo desea feminizar a todos los trabajadores para someterlos a un régimen de precariedad y descontrol sobre sus tiempos, sus posesiones y su vida misma. En otras palabras, si nos remitimos a la idea de Monique Wittig de que no es el género lo que crea la opresión, sino la opresión lo que genera la construcción del género femenino (literalmente, “las mujeres”),[4] entonces podríamos inferir que quien es oprimido es feminizado y quien es feminizado puede ser explotado de manera total.

La paradoja de esta situación estriba en que la feminización del trabajo es una forma de supresión de las diferencias de género entre el ámbito doméstico y el público: hombres y mujeres compiten por el ingreso a las universidades, por el reconocimiento de las capacidades que ofrecen al mercado laboral, por un salario. Pasan por los mismos canales de formación, son igualmente individualizados y tienen leyes que les garantizan un idéntico acceso a ser explotados.

Por supuesto las mujeres no gozan de igualdad, ni en el trato ni en los salarios. La intimidación en los noviazgos y convivencias, así como la violencia que un hombre cree poder ejercer sobre una mujer que no es “propiedad” reconocida de otro, los celos, las imposiciones, producen objetivas condiciones de inseguridad de género. Un promedio de siete mujeres son asesinadas cada día en México,[5] la mitad de las mexicanas que vive en pareja sufre algún tipo de agresión, seis de cada diez mujeres de más de cincuenta años ha sufrido violencia por parte de uno o varios hombres, México es uno de los países con el mayor número de acoso laboral y estudiantil, la impartición de justicia deja en la impunidad el 98 por ciento de las  violaciones y aún de asesinatos de  mujeres. La idea que las mujeres pertenecen a los hombres se explaya en el control del cuerpo femenino. El derecho a decidir sobre la propia reproductividad está siendo acotado por los neoconservadurismos y la maternidad libre y voluntaria sólo puede ejercerse en la Ciudad de México; sin embargo, muchas mujeres son asesinadas por sus novios cuando quedan embarazadas y escogen no abortar.[6]

En este sentido hay una urgente reflexión que las mujeres debemos emprender ante el hecho que se han logrado avances importantes en las leyes, sin haber accedido a la justicia; eso es, que estamos cada día más lejos de una vida libre de violencia aunque esté tipificada como un derecho.

Cuando las mujeres optan por la vía liberal de la liberación personal pierden el vínculo con la transformación social, que es necesariamente comunitaria, cuando piden leyes y no justicia, entran al juego del castigo y pierden de vista la reparación del daño.  Un trabajo de organización mutua y protección colectiva, de definición de la defensa propia (para no ser encarceladas cuando se ejerce contra potenciales violadores y feminicidas) y de visibilidad implica una reflexión acerca de lo que significa el delito impune, es decir de las características sexistas de lo que la sociedad realmente castiga del comportamiento de mujeres y hombres. Ahí donde el delito es impune no es pidiendo mayor protección legal que las mujeres van a ser protegidas y puedan liberarse, redimiendo a la sociedad. Para abatir la actual violencia capitalista, que descansa también en la impunidad del crimen, son necesarios los valores de la colectividad, el fin de las relaciones de género y la libertad de elección.

La experiencia histórica enseña que el sistema somete utilizando todos los medios a su alcance: la agresión, la amenaza y el amor. Los agresores masculinos logran el perdón de sus víctimas llorando y pidiendo segundas oportunidades. En la enseñanza occidental de los roles de género vigente hasta hace poco –y que el feminismo denunció a mediados del siglo XX-, las mujeres desde la primera infancia eran educadas para que anhelaran la opresión que acompañaba el trabajo doméstico, reproductivo y de cuidados. Todavía hoy en día, la cultura de masa insiste en el logro civil del matrimonio y la publicidad bombardea a las mujeres con imágenes de fiestas, vestidos y gastos imprescindibles para los rituales de la feminidad. El reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo no ha roto con las reglas de convivencia que se han construido sobre las normas de la heterosexualidad occidental; por ejemplo, impone la monogamia. Es urgente que recuperemos la reflexión feminista sobre el amor como forma de usurpación del tiempo de vida sin retribución, para compartir con la clase trabajadora un instrumento con que liberarse de la producción enajenada.

La mirada feminista sobre lo personal político sirve también para revelar qué sucede cuando los miembros de una clase son separados de sus iguales. Pensemos en los discursos de la intimidad y la privacidad que sirven para elaborar la defensa de la propiedad privada, la familia, haciendo de los extraños enemigos, sea porque peligrosos sea porque molestos. La persona sola no tiene que lidiar con las mediaciones de la vida social, así como un núcleo familiar reducido a la pareja conyugal y, en su caso, una o dos hijas/os no responden a más reglas y gastos que aquellos de su deseo egoísta. La unión se visualiza como estorbo, cuando no como riesgo. Los sindicatos desaparecen así de su horizonte político, los estudiantes aceptan la competencia en los exámenes de ingreso universitario, las trabajadoras se esmeran en demostrar una capacidad sin fin de ser explotadas. Una vez aislados, es decir “privados” de compañía y sociedad,  las y  los trabajadores del sector servicios no pueden organizarse en la defensa de sus derechos, de la misma manera que en las sociedades virilocales son separadas las mujeres de una familia y los grupos de amigas cuando se casan. Sólo reconstruyendo las redes de igualdad y reconocimiento mutuo, se vuelve factible decidir si es necesario entregar de por vida la propia capacidad de comunicación y socialización en el ámbito laboral, si la soledad de la competitividad es preferible a la unión en la defensa de lo común.

El primer paso hacia nuestra liberación pasa, por lo tanto, por el reconocimiento de que los cambios en las relaciones de género exigidos por el feminismo hace medio siglo han sido manipulados por el capitalismo. Este sistema económico expoliador no ha dejado de comerciar con el sexo, ya que no renuncia a las ganancias que provienen de su compra y la concentración de la riqueza sigue en manos masculinas; no obstante, ha aprendido a explotar las formas del trabajo doméstico en el ámbito del trabajo asalariado.

Las mujeres necesitamos detenernos para pensar qué es nuestro tiempo libre, qué queremos hacer con él y cómo aprender a relacionarnos sin confrontarnos. Sentir y sorprendernos por las posibilidades inéditas del aprendizaje económico del trabajo doméstico pueden subvertir los argumentos de la productividad a cualquier costo. Si el patriarcado elaboró normas y razones violentas para apropiarse del trabajo gratuito de las mujeres en nombre del amor a lo que hacen para generar el bienestar de otros, las emociones que produce salirse de la regla pueden generar una resistencia constructiva a la asimilación.

Permítanme insistir en las condiciones laborales del capitalismo de la segunda década del siglo XXI y la relación que tienen con ciertos cambios disparados por la aparición del movimiento de liberación de las mujeres hace más de medio siglo.

En los últimos cincuenta años la adaptación del sistema capitalista a las reivindicaciones y prácticas feministas ha cambiado la faz del mundo. El desempleo juvenil atañe por igual a ingenieras y médicos, enfermeras y maestros, empleadas y oficinistas, mientras la producción fabril y agrícola ha descendido al 25% del trabajo que se realiza en el mundo asalariado. La tradicional división económica entre trabajo de reproducción de la vida en la casa y trabajo de producción en la fábrica o la oficina se ha diluido en las ciudades y centros de producción y comercio. A pesar de las reticencias y retrocesos ante el derecho a una maternidad libre y voluntaria, asociados a un neoconservadurismo disciplinario que se disfraza de moral y valores religiosos, el número de hijos por mujer se ha reducido drásticamente y competir para estudiar en una universidad o escuela de élite se ha convertido en una insidiosa necesidad. En este sentido las recientes acciones de Alemania y Argentina contra el examen de ingreso a las universidades son una muestra de conciencia del peligro que representa la organización de una sociedad de clases con base en la selección de la población universitaria.

Ahora bien, si el feminismo hubiese sido un movimiento para la igualación de las mujeres con los hombres, por el incremento del acceso de las mujeres al trabajo remunerado casi habría cumplido con su cometido. Hay soldadas, geólogas y metalurgas, así como hay médicos, maestros y enfermeros. El sistema afirma que trabaja para que las mujeres dejen de sufrir mutilaciones genitales por motivos religiosos-culturales en África, tengan acceso a la propiedad en Europa y ya no sean asesinadas por familiares en nombre del honor del padre o el marido en Asia. No obstante, en la parte más rica del mundo, las que han pasado por la universidad pelean como hombres la inclusión en un mercado de trabajo volátil y sin derechos y las migrantes se re-feminizan encargándose de los cuidados indispensables para la vida de infantes, personas enfermas y ancianos. En muchas ocasiones ambos grupos de mujeres son madres que no pueden ejercer su maternidad, unas por los alargados horarios del trabajo sin derechos, otras porque han dejado a sus hijos en los países de orígenes. Su rivalidad de clase no les permite en la mayoría de los casos reconocerse en una condición común, que podrían modificar sólo uniéndose.

El hecho es que el feminismo ha tenido etapas históricas, con movilizaciones de mujeres diferentes y corrientes teóricas y puntos de arranques distintos que no lo identifican con la igualación al patrón masculino productivo de las mujeres urbanas de los países altamente tecnificados. Básicamente se transforma y mantiene como proceso de liberación de patrones de opresión ya que en los últimos cincuenta años no se han resuelto los problemas de distribución de la riqueza ni logrado que la calidad de la vida humana implique la desaparición de relaciones de dominación por motivos ligados al cuerpo de las personas, sus deseos, la geografía de su nacimiento, la sumisión jerárquica, el miedo a las relaciones interpersonales, la inestabilidad y el acceso a la justicia. Sin negar que “la” mujer no es un sujeto unívoco y que la  reivindicación de las mujeres como sujetos sexuales en el sistema de sexo-género occidental implica el reconocimiento de las diferencias entre las mujeres,[7] es también necesario reconocer que sólo conformando comunidades y no apelando a la liberación de la individua, se puede detener la violencia implícita en la feminización del trabajo.

En la segunda década del siglo XXI, el tiempo libre (el tiempo que una mujer o un hombre no tienen asignado al cumplimiento de una necesidad o una obligación) va desapareciendo junto con la adscripción al espacio familiar, la gratuidad de los afectos y los derechos laborales. La masculinización del mundo femenino se ha realizado en la competitividad económica, la asertividad en los estudios, el deseo de triunfo. Y la feminización del trabajo se ha realizado en la pérdida de los derechos laborales de las mayorías y la explotación capitalista de conocimientos adquiridos a lo largo de la vida, mediante prácticas familiares y afectivas, que no tienen un tabulador definido.

En efecto, el trabajo asalariado ha feminizado la vida de todas y todos los trabajadores en el ámbito de los servicios: jornadas “maternas” sin horarios de inicio y fin de las labores, “cuidados” al lugar y las relaciones laborales. La conversión del lugar de trabajo en un centro de retención de las personas mediante el ofrecimiento de espacios y tiempos muertos para comer, tomar café, pasar el tiempo libre busca sustituir la casa, pero no está libre de la exigencia de admiración de las figuras de una jerarquía diluida, amor al proyecto laboral, pasión por el reconocimiento individual en medio de un colectivo (algo que recuerda la figura de la “preferida” en un harén), entrega personal a la firma que lo requiere.

Aparentemente desleídos, los patrones de comportamiento e identidad asignados por una cultura a las personas cuando nacen con base en el sexo de sus genitales –los roles de sexo-género- revelan, como ya lo había visto Monique Wittig, que no son las mujeres quienes ocasionan la opresión, sino que la opresión genera la existencia de las mujeres.[8] En la fase capitalista actual, parece que ese tipo de seres humanos llamados mujeres, sobre el cual se descarga la opresión de los servicios y la obediencia a mandatos diversos, en el ámbito del trabajo (no en las relaciones interpersonales, sexuales y sociales, como vimos arriba) puede tener genitales femeninos o masculinos.

Reflexionemos juntas si esta forma de variar la asignación de tareas y obligaciones, este modo de construir a mujeres y hombres jóvenes adscritos a los servicios y al ser para el sistema, tienen alguna fisura libertaria que los relacione de algún modo con un proceso de liberación de la opresión, con el goce de una vida libre de prejuicios, con la construcción de aprendizajes autoconscientes y con sexualidades insubordinadas a contratos sociales y exigencias culturales. En un mundo donde la explotación laboral invade el tiempo de la comida, regula el sueño, condena la diversión ¿qué sienten, cómo se emocionan, de qué asombro son capaces las personas? ¿Se gesta una estética en este cambio en la otrora tajante separación de los trabajos por género? ¿Hay un arte que da razón de la transformación de la población trabajadora en mujeres? ¿Alguna consideración acerca del mecanismo de individuación de las mujeres que transformó un proceso de liberación  en otra forma de opresión?  ¿Una reflexión sobre cómo pudo el estado apropiarse de las demandas feministas cuando ellas le exigieron que legislara en favor de sus demandas? ¿Una pedagogía de la sutileza que visualice la permanencia de viejas formas de sumisión de los cuerpos de genitales femeninos en medio de una supuesta sumisión igualitaria de la juventud a las exigencias de un capital que devasta a la tierra y sus productos mientras explota las características otrora asociadas al “sexto sentido” de las mujeres?

Después de este alud de preguntas, cuya respuesta deberemos buscar juntas, todavía tengo que resolver: ¿De qué nos sirve hoy la memoria de las mujeres y las teorías feministas para frenar el avance de un capitalismo que pretende poner a trabajar la vida entera del ser humano, insertando en el mercado de trabajo la afectividad, el aspecto físico, la capacidad de comunicación, las atenciones, la pasión, el afán de libertad y los talentos individualmente segregados?

La cantidad de pequeños grupos, seminarios, centros de mujeres y lesbianas, que asumen la dificultad de dotarse de una identidad en movimiento, construida colectivamente para enfrentar la violencia del sistema, hablan de retomar el esfuerzo de la liberación y superar la etapa emancipacionista, que nos separó ubicándonos en la economía de los cuidados capitalista. Las feministas hoy no somos un movimiento unitario aunque todas denunciemos la normalización de las agresiones físicas y el feminicidio. El recrudecimiento de las diferencias de clase nos obliga a subrayar las realidades múltiples, hechas de resistencias locales y de grupos: ecologistas, trans, urbano-populares y otros. Se trata de propiciar el conocimiento de la historia de los cuerpos femeninos como expertos en  historia humana, misma que hoy sirve para reconocer los mecanismos de opresión, y para poner un punto final a la violencia que nace de la generización de esos mismos cuerpos. Contra una economía de la destrucción que requiere de trabajadoras aisladas, solas, sin recursos comunitarios ni derechos laborales, educadas a que no pueden hacer nada para subvertir su situación y la de su clase, expuestas a la violencia callejera y familiar, la fuerza disruptiva que tienen las mujeres cuando se sitúan como pacifistas, autónomas, internacionalistas, antirracistas, colectivistas, activistas de barrio trasciende con creces el sentimiento de impotencia de un feminismo de estado, ligado a la lucha por la consecución de leyes que se acatan para no ser cumplidas.

 

 

 

[1] Para Silvia Federici, Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas, Traficantes de sueños, Madrid, 2013, hacer visible hoy el valor del trabajo de las mujeres en el capitalismo y las formas que han adquirido las tareas de reproducción puede servir para entender el actual despojo de todos los bienes comunes y la duración prolongada de las jornadas de trabajo con base en el modelo de la cuidadora de niños sacrificada y generosa. Rita Laura Segato sostiene que “en el cuerpo de la mujer se realiza una pedagogía de la crueldad”, pues es el depositario de una violencia incitada y promovida por los medios de comunicación que el Estado no quiere detener y que los organismos de Derechos Humanos no alcanzan a entender. Es una pedagogía porque enseña a la gente a no tener empatía con la víctima, a desarrollar cierto tipo de insensibilidad. Sostiene una forma de capitalismo particularmente lucrativo y despojador que se fortalece con guerras continuas caracterizadas por la informalidad, pues las funciones represivas del estado son duplicadas por paramilitares y fuerzas delincuenciales que controlan territorialmente lugares vulnerables donde torturan a la gente. En  estas guerras sin enemigo definido, la violencia contra las mujeres ha dejado de ser un efecto colateral y se ha transformado en un objetivo estratégico del nuevo escenario bélico. Ver: Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres, El pez en el árbol, Puebla, 2014 (también en:  Sociedade e Estado29(2), 341-371. Retrieved October 21, 2015, from http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0102-69922014000200003&lng=en&tlng=es)

[2] Cristina Morini, Por amor o a la fuerza. Feminización del trabajo y biopolítica del cuerpo, Traficantes de sueños, Madrid, 2014.

[3] Paola Tabet, La grande beffa: sessualità delle donne e scambio sessuo-economico, Rubbettino Editore, Catanzaro, 2004

[4] Monique Wittig en El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales, Barcelona, 2005, sostiene que la heterosexualidad es un régimen político que oprime para asegurarse la reproducción de una estructura de dominación de las mujeres. La marca del sexo y el mito de la mujer son los efectos ideológico-discursivos de ese régimen. La categoría “mujer”  es el producto de un mecanismo que estructura la subordinación, y un individuo  se convierte en mujer al entrar en ese marco de relaciones.  (Monique Wittig fue una feminista lesbiana de corte materialista, contraria a las teorías feministas de la diferencia sexual.)

[5] Durante el 18 Encuentro Nacional de las Áreas Jurídicas de los Mecanismos Estatales para el Adelanto de las Mujeres y el Inmujeres, realizado del 8 al 10 de octubre de 2015 en la Ciudad de México se ratificó que la violencia en contra de las mujeres está en la casa, en el trabajo y en las escuelas. Siete mujeres son asesinadas al día por presunto feminicidio. Hay un incremento constante en las desapariciones que revela patrones graves, “una ruta de protección de mafias y capos por parte de funcionarios públicos”. Las condiciones de permisibilidad, impunidad e inacción del estado dejan a las mujeres en mayor riesgo: 46.1% de las mujeres de más de 15 años sufrieron algún tipo de violencia en su relación de pareja; el 42.4%,  agresiones emocionales; 24%, violencia económica; 13.5%, agresión física y 7.3%, alguna forma de violencia sexual. En el trabajo, el 22.6% de las mujeres mexicanas de más de 15 años ha tenido algún incidente de violencia; el 19.3%  fue víctima de humillaciones o agresiones verbales, física o sexuales; el 91.3% tuvo menores oportunidades de trabajo y sufrió discriminación. El 3% de las mujeres ha padecido violencia en centros educativos y 43.7%, agresiones físicas o sexuales. Rocío Méndez Robles, “Siete mujeres son asesinadas al día: AI”, 9 de octubre de 2015, http://www.noticiasmvs.com/#!/noticias/siete-mujeres-son-asesinadas-al-dia-por-feminicidio-en-mexico-ai-79

[6] En el estado de Puebla, por ejemplo, se han dado casos de feminicidios relacionados con la desobediencia al mandato masculino de interrumpir los embarazos, hecho que por lo demás constituye un delito. De marzo de 2014 a agosto de 2015, por lo menos tres mujeres fueron asesinadas por sus novios porque decidieron seguir adelante con sus embarazos cuando ellos les exigían que abortaran. El control sobre la reproducción de las mujeres es un acto de violencia que llega al feminicidio.  La universitaria Paulina Camargo de 19 años, embarazada de cuatro meses, fue golpeada y estrangulada por su novio José María Sosa que no quería asumir la responsabilidad de la paternidad.  Karla López Albert, de 31 años,  fue asesinada por su pareja sentimental quien le exigía que abortara. Iraís Ortega Pérez, estudiante de Cultura Física de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, tenía seis meses de embarazo cuando su novio, Juan Carlos Sánchez Pérez,  le inyectó una sustancia tóxica que le provocó la muerte. Después metió el cadáver en una maleta y lo abandonó en una paraje donde circula poca gente.

[7] Cfr. Silvia L. Gil, Nuevos feminismos. Sentidos comunes en la dispersión. Una historia de trayectorias y rupturas en el Estado español, Traficantes de sueños, Madrid, 2011

[8] Monique Wittig, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, op. Cit.

 

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Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 59 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

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