Entrevista

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Publicado el 28-11-2015

 

Entrevista a Francesca Gargallo (F.G), novelista y activista feminista. Entrevistada por Alex Ibarra Peña (A.I) Colectivo de Pensamiento Crítico palabra encapuchada.

 

A.I: Francesca gracias por aceptar la entrevista. Te confieso que busqué entrevistarte para llenar un espacio que muchas veces queda desconsiderado. Me preocupaba que este proyecto de entrevista que he venido realizando tuviera pocas mujeres entrevistadas. Lo primero que quiero preguntarte es ¿te consideras una activista feminista y qué motivó a llevar dicha militancia?

 

F.G: Soy una feminista, es decir guío mis prácticas sociales, políticas y vivenciales desde teorías elaboradas entre mujeres; pienso y actúo en el mundo con las demás, para deshacerme de la opresión. Así que escucho y dialogo, marcho y construyo. Me repele el individualismo capitalista, el que aísla las personas para que no puedan tener una acción común de defensa de su hábitat y sus derechos. Es un individualismo que se construye teniendo por modelo la imagen de una libertad masculina irresponsable con sus afectos, sorda a los compromisos, descuidada. Desgraciadamente, el sistema capitalista la ha convertido en una especie de sentido común, el esfuerzo individual para el propio beneficio se festeja, se le cree moderno, se le da una mayor valoración que a la capacidad de tejer relaciones igualitarias y de cuidado con las que liberarse del yugo de la soledad y la precariedad.

Mi feminismo se ha desarrollado a través del tiempo, yo soy la misma persona de hace 40 años ni el mundo es el mismo, así que los modos y las ideas del feminismo han ido cambiando. Ahora bien, sigue pareciéndome repugnante que la mitad de la historia humana haya sido silenciada, negada, excluida por androfilia. Los hombres, a pesar de sus diferencias de clases y de las situaciones concretas de represión y discriminación que pueden sufrir como migrantes o como personas racializadas y con discapacidades en el sistema capitalista cognitivo actual, gozan de privilegios sutiles, casi intangibles por el sólo hecho de haber nacido y haberse criado con genitales masculinos. Donde hay un privilegio existe un derecho negado. El patriarcado les niega derechos a las mujeres para que los hombres gocen el privilegio de sentirse superiores y hacer trabajar de manera invisible y no remunerada a las mujeres de su grupo social y de todos los grupos sociales que considera inferiores al suyo. La sobrevivencia de las redes de prostitución revela que la distribución del dinero sigue siendo androfílica y que los hombres tratan a las mujeres como bienes o, por lo menos, como una clase social que explotan corporal y vitalmente. Que la masculinidad sea una condición de poder lo demuestra que en las relaciones de acoso en el trabajo y los centros de estudio siempre hay una relación jerárquica en juego: los directores acosan a las maestras, los maestros a colegas y alumnas, los académicos a las trabajadoras de administración y de intendencia. Existen maestras que acosan a estudiantes, pero sólo los estudiantes hombres acosan a sus maestras, porque su masculinidad la viven como un poder jerárquico.

Además soy feminista porque me aburre la heterosexualidad, detesto el matrimonio y considero el ejercicio de la maternidad como una actividad pedagógica y un ejercicio de responsabilidad y cuidados que conciernen necesariamente a los hombres (por lo menos no lo hacen desde la perspectiva de la familia patriarcal). Finalmente soy feminista porque con la opresión de las mujeres han aparecido las guerras, el despojo de los bienes comunes, la esclavitud, la xenofobia, el racismo y la destrucción ambiental. Considero, como lo decía la feminista chilena Margarita Pisano, que el feminismo puede proponer otro orden civilizatorio.

 

A.I: Hace unos años atrás un amigo común, Horacio Cerutti visitó Chile con ocasión de dictar la Conferencia Internacional Jorge Millas, en esa ocasión Horacio nos dejó como obsequio el libro “Feminismos desde Abya Yala”, libro que se reeditó hace poco acá en Chile por la querida editorial Quimantú. ¿Cómo fue el origen de este tránsito que va recolectando ideas y proyectos de más de 600 pueblos de nuestra América? ¿Qué es lo que más te gustaría destacar de esta experiencia tan vital y rica del recorrido por y con las mujeres de nuestra América?

 

F.G: En 2004, publiqué una primera edición de Ideas Feministas Latinoamericanas y recibí dos críticas de amigas muy cercanas: feministas lesbianas y feministas mayas, zapotecas y nahuas. Sus reclamos eran que yo no consideraba sus teorizaciones para pensar los feminismos de Nuestramérica, que yo me centraba en las mujeres que ya tienen visibilidad. Me puse a estudiar mucho y elaboré una segunda versión del libro, que se publicó en 2006 con un centenar de páginas más, en la que no sólo reporto las ideas de las lesbianas, sino su carácter cenital en la elaboración del ideario feminista del continente. Pero no pude hacer lo mismo con los feminismos que se actuaban y pensaban en los pueblos originarios, vivos, emergentes, enormemente importantes para la descolonización del pensamiento continental. Al parecer nunca hubo un diálogo entre éstos y  los feminismos que se manifestaron  en las ciudades en la década de 1970; las mujeres de muchos pueblos, sin embargo, pensaron desde cosmovisiones, sistema de justicia, relaciones de género e imaginarios corporales distintos qué es una buena vida de las mujeres, cómo organizarse para alcanzarla. Para conocer sus puntos de vista era indispensable que yo me moviera del lugar donde estaba –la ciudad, la universidad, la relación con la filosofía escrita- y me fuera a buscar las voces de las mujeres de quienes me habían hablado otras mujeres, de las que había leído lo que logran publicar (con grandes dificultades porque las editoriales se cierran al pensamiento que no vende). Descubrí en el trabajo compartido, posiciones muy importantes para entender que las mujeres somos diferentes entre nosotras y no por ello debemos vivir condiciones de desigualdad. Los feminismos, es decir los modos de vivir la libertad y comunalidad de las mujeres, sea cual sea la palabra que se use para definirlos, que postulan las mujeres de los pueblos originarios son también diferentes, no obstante me pareció muy importante el acento que todas pusieron sobre los caminos de liberación, sobre la responsabilidad con su comunidad, con un cuerpo considerado tan sagrado como el territorio de sus vidas. Algunas, además, me hablaron de los patriarcados ancestrales, diciendo que el machismo actual es el fruto del entronque entre los patriarcados ancestrales y el patriarcado colonial, violador y despojador.

 

A.I: En este largo viaje, seguro conociste muchas activistas mujeres ¿qué comunidad o movimiento de nuestra patria grande te llamó más la atención en cuanto a su autenticidad de ideas y prácticas reivindicativas? ¿Qué experiencia nos puede relatar de tu conocimiento de Chile?

F.G. Primero fueron los relatos de las refugiadas chilenas que conocí en Italia, Francia y México. Cuando finalmente llegué a Chile, para el Encuentro Feminista de Cartagena en 1996, sufrí una gran decepción. La dictadura había barrido con ideales, con sueños, con valentías, no sólo con un gobierno popular. Luego me di cuenta que era un país de resistencias múltiples, pero también muy clasista y racista. Finalmente conocí el lago Colico y la tierra de mi amigo poeta Elikura Chihuailaf y descubrí que Chile es un país de gobiernos represivos y resistencias furibundas, aunque no muy visibles. Creo que la policía chilena, los carabineros, son de los más violentos de América: hiperreaccionan, aunque al parecer son más honestos que sus colegas de los demás países. En fin, en los barrios de la periferia de Santiago me he encontrado con comunidades mapuches en resistencia que trabajan la historia negada, la política de la memoria, los colectivos femeninos, la economía de lo común. Me recordaron los barrios del norte de Lima y Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, donde las madres de los desplazados de la violencia han creado escuelas sin puertas y sistemas de financiamiento de la vida que son tan sorprendentes como esperanzadores.

Creo que las amistades que logré establecer con algunas mujeres indígenas en México y Centroamérica durante congresos y encuentros fueron mi llave de acceso a las reflexiones  de los pueblos indígenas. Las primeras que dialogaron conmigo han sido las compañeras de diversos pueblos mayas de Guatemala. Hay historias de amistades personales que me abrieron al diálogo con dirigentes, estudiantes, sociólogas, feministas teóricas: Feminismos desde el Abya Yala no se habría escrito sin el diálogo inicial con Maya Cu, poeta feminista quekchí, y Gladys Tzul, socióloga y estudiosa de la comunalidad quiché. Ahora bien, el encuentro con Avelina Pancho y las mujeres nasas del CRIC en Popayán me ha revelado el mundo  de la política indígena. Sin embargo, no podría decirte qué mujeres me han impactado más: todas lo han hecho de manera permanente. Fui muy feliz en ciertos encuentros, en otros compartí experiencias de dolor y de miedo. La represión de los pueblos indígenas es algo que acomuna a América. Tanto como sus formas diversas de resistir.

 

 

A.I: Otro libro tuyo relacionado a este tema que venimos hablando, es ese que habla sobre “Las ideas feministas latinoamericanas”. Es sugerente el título en primer lugar en cuanto nos habla a la existencia de un “feminismo latinoamericano”, pero además de eso no sería sólo uno, hablas de estas ideas en plural. ¿Qué intención tienes al hacer notar este “feminismo latinoamericano” y en plural? ¿Juega alguna función un pensamiento situado desde lo geopolítico?

 

F.G: El pensamiento es una relación con otras personas y otros pensamientos y se elabora “desde” un lugar geográfico, ideológico y sexual. Escribí Ideas Feministas Latinoamericanas desde México y desde mi condición de feminista autónoma, narradora, poeta, migrante y filósofa latinoamericanista. No creo en los pensamientos únicos y dudo de los sujetos fuertes, así que siempre he preferido pensar en las mujeres, sus colectivos, las ideas que producen y no en La Mujer y el Feminismo. A finales del siglo XX, pasábamos por una crisis de institucionalización y había una gran presión para que todas dijéramos que queríamos la igualdad y el fin de la violencia. Por supuesto ese deseo era cierto, pero no lo era que para todas el camino para alcanzarlo fuera legislar y tener poder. Ya desde entonces me escandalizaba el divorcio existente entre las feministas políticas y las artistas feministas y vi como una gran riqueza la multiplicidad de grupos que brotaron a principios del siglo XXI de todas partes para escaparse del dominio de la institucionalización del feminismo y las políticas públicas de género.

 

A.I: Me decías en una comunicación anterior que ante todo te considerabas una novelista, sin duda la continuada producción que has tenido, y que ya suma más de una decena de novelas así lo confirman. ¿Nos puedes dar una síntesis de tu producción novelística? ¿Qué temas son los que te persiguen? ¿Qué novelas crees que marcan hitos significativos en tu estilo escritural? ¿Tienes a otras u otros escritores como referentes literarios cuando utilizas este género de escritura?

 

F.G: La narración, literalmente narrar hechos, situaciones de mujeres y hombres que confrontan la vida cotidiana desde lugares, no precisamente consabidos o propios de lo que se espera de ellos, es lo que me enamora del proceso de escribir. Escribo desde las ganas de tener personajes que expresen un deseo de cambio y de comunidad y que hagan cosas. Describo poco, me emociono con las historias y las cuento. Las historias de amistad me parecen las más importantes: cambian la percepción del mundo.

La amistad como sentimiento rector del mundo es obviada por la gran narrativa del amor romántico, que tiende a preferir los lazos neuróticos entre personas a los lazos solidarios. El amor entonces se usa para evitar la convivencia jovial, comunicativa, cuidadosa entre mujeres y hombres. En Los extraños de la planta baja los dos personajes principales son amigos a pesar de tener grandes diferencias en sus modos de vida. Su relación está abierta a la sociedad, se cruzan con más amigos  en la vida cotidiana y la política. La Decisión del capitán se ubica en el semidesierto mexicano del siglo XVI, Miguel es el primer capitán mestizo, no puede identificarse con la madre ni con el padre, no obstante no está solo, ya que teje vínculos fuertísimos con sus hermanas y sus amigos. Todas las personas pueden llegar a ser iguales, las jerarquías se sostienen sobre la desaparición de la amistad, que es una relación amorosa que crece con el respeto. La hermana, el amante, la sobrina de Estar en el mundo se salvan porque entre sí son sobre todo amigos. En Marcha seca, quizá mi novela más poética y desesperada, es la presencia súbita de un amigo que se aperece después de muchos años lo que pone en marcha la acción. Y seguramente en Al paso de los días, los personajes más entrañables son los amigos que mueren juntos. No creo haber escrito nunca ficción donde no aparezca ese sentimiento de construcción comunitaria.

 

 

A.I: Un tema relevante en tus textos han sido los exilios, América Latina ha quedado marcada hasta nuestros días por esta experiencia política generada por las dictaduras. Hoy sin dictaduras llevadas a cabo por las armas confabuladas entre civiles y militares, nos encontramos con el exilio provocado por el neoliberalismo, el exilio del mercado. ¿Te parece que la migración en América latina aparece determinada hoy por el mercado? ¿Has rescatado la experiencia del exilio y la de la migración desde una perspectiva política?

 

F.G: En la década de 1970 se hablaba de exiliadas, hoy se habla de migrantes, las primeras eran víctimas de la represión, se revestían de cierta heroicidad, a los ojos de las personas de los pueblos donde llegaban revelaban una doble cara: eran las representantes de alguna vanguardia social y provocaban temor de que lo que les había sucedido pudiera sucederle también a sus anfitriones. Sin lugar a dudas el temor a un golpe militar semejante al que sufrió la Unidad Popular en Chile hizo que el Partido Comunista Italiano no tomara el poder en 1975. Muchas de mis grandes amigas y amigos en la primera juventud fueron exiliados argentinos, chilenos y uruguayos. Mi madre y mi padre también habían tenido exiliados o refugiados en sus casas durante la segunda Guerra Mundial y después: judíos, primero, y a finales de la década de 1950, húngaros. Hoy las y los migrantes cruzan los mares y los desiertos, mueren por miles y no son vistos sino como invasores por los pueblos acomodaticios de Europa y Estados Unidos, Canadá y Australia. Los y las migrantes son carne para la trata de personas, futuros explotados de un capitalismo que utiliza a las mujeres que migran para que cuiden a las personas que las mujeres del primer mundo ya no pueden cuidar. Las migrantes son las encargadas de los cuidados de sobrevivencia de  enfermos, infantes, ancianos. Los migrantes son las nuevas “mujeres”, los nuevos explotados sin visibilidad del capitalismo global; sus jornadas son como las de las madres: no tienen inicio ni fin; deben aceptar cualquier cosa y agradecer el trabajo que los explota porque se da en una tierra donde anhelaron llegar.

 

A.I: Has tenido reconocimiento entre algunos filósofos latinoamericanos, sobre todo desde la perspectiva liberacionista. Seguramente por tu formación académica en la UNAM conoces el movimiento de filosofía de la liberación latinoamericana, el cual ha recibido diversas críticas desde el feminismo, por ejemplo en Chile Cherie Zalaquett ha ensayado algunas críticas en torno a los planteos de Dussel. ¿Compartes las críticas a este movimiento filosófico desde la perspectiva feminista?

 

F.G: Como cualquier corriente filosófica, la filosofía de la liberación tiene en Nuestramérica varias figuras de pensadoras y pensadores. Dussel es sólo uno de ello, no representa la entera corriente, ni siquiera representa el pensamiento más claramente progresista. Muchas de sus afirmaciones sobre las mujeres parten de un franco desconocimiento de la teoría feminista y tienen un resabio moralista sobre cómo ellas interpretan el juego corporal en la política y la liberación; durante muchos años se manifestó contra el derecho al aborto por motivos “éticos” y llegó a considerar la teoría feminista como un “pensamiento de las mujeres”, no una teoría política de toda la sociedad. No obstante, hay que reconocer que últimamente ha pedido con respeto y atención a mujeres filósofas que hablen con su voz de qué significa el feminismo para los procesos de liberación y de descolonización. Cherrie Zalaquett es una gran periodista, tiene razón en muchas de sus afirmaciones sobre la historia que excluye y apunta certeramente a lo invisible que parecen las mujeres en la obra de Dussel. Críticas más contundentes a las ideas de Dussel vienen de personas como Yuderkis Espinoza Miñoso, quien cuestiona su percepción de la sexualidad femenina como una estética al servicio de la masculinidad.

Entre los filósofos hombres que desde las epistemologías del sur del mundo empezaron a formular el significado de una teoría para la liberación (la liberación de la enseñanza, la liberación de la historia, la liberación de los pueblos del racismo y la opresión), algunos han tenido importantísimos diálogos con filósofas feministas como Graciela Hierro, Urania Ungo, Vera Yamuni, María del Rayo Ramírez, Estela Fernández, Diana Maffia. Entre los filósofos hombres de la liberación he encontrado en Horacio Cerutti a un maestro que se convirtió en amigo y  compañero de camino y  en su maestro, Arturo Andrés Roig, encontré a un guía.

 

A.I: En México hay una constante preocupación por la filosofía latinoamericana, incluso en los espacios académicos. ¿Qué experiencias de producción y difusión filosófica te han llamado más la atención en este último tiempo?

 

F.G.: México después del golpe de estado de Chile, sustituyó en cierta medida a Santiago como centro de producción cultural para Nuestramérica.  En la década de 1980 produjo un lugar de acogida y pensamiento sobre y desde las preocupaciones sociales, económicas y filosóficas no sólo de diversos sectores de la población mexicana (aunque no recogiera como “pensamiento” lo producido por las y los pensadores de los 69 pueblos originarios que viven en el territorio del país), sino también de los miles de asilados políticos que llegaron de Chile, Uruguay y Argentina a los que dio refugio (en mucha menor medida acogió también a la intelectualidad centroamericana). Existió una Casa de Chile, por ejemplo, donde los seminarios se sucedían y donde se empezó a elaborar una teoría latinoamericana contemporánea de los Derechos Humanos. Ahí se fundó el Colectivo de Mujeres en Apoyo a la Lucha de la Mujer Centroamericana en 1981. Además, el carácter cosmopolita que adquirió el cuerpo de enseñantes universitarios contribuyó mucho a la abertura intelectual mexicana.

Esta apertura fue posible porque la universidad era de masas, sin ningún examen de ingreso, y muy viva intelectualmente. Diversas políticas neoliberales han ido minando esa libertad de reunión y cátedra, en los hechos, sobre todo a través de la competitividad instalada cómo método de evaluación de la enseñanza. Las editoriales se han acostumbrado a que las universidades pagan sus investigaciones porque éstas sirven para evaluar el profesorado. La libertad de pensamiento fue así limitada desde las prácticas económicas. Hoy no hay reflexión alternativa ni editoriales realmente independientes (aunque unas pocas están naciendo desde lo comunitario, poco reconocido, a las que es difícil acceder y trabajan al margen de la distribución de masa. Margen que para el libre pensamiento, sin embargo, se ha vuelto fundamental).

Los años 90 fueron de progresivo empobrecimiento intelectual desde los centros. Pero con el milenio, y con el empuje de un pensamiento alternativo que surgió de las reflexiones sobre “un mundo en el que caben muchos mundos”, postulado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional EZLN, la intelectualidad mexicana universitaria se fue esclerotizando mientras surgían decenas de lugares de reflexión alternativos, en el campo, en los pueblos originarios, en los barrios de las ciudades. Las y los artistas visuales, en particular, salieron de su extraordinaria pintura de caballete y de construcción objetual, para intervenir las calles y los espacios públicos, de diversas formas. Con el estallido de una violencia delincuencial tan amplia que sólo puede existir con el consentimiento (en realidad, el apoyo encubierto) del sistema político, económico y judicial de estado y de los grandes grupos financieros, las y los artistas, así como los grupos de reflexión política, literaria, feminista, filosófica, teológica, han empezado diversas acciones tendientes a la visibilidad de lo que no se nombra por miedo y por un mecanismo sicológico de encubrimiento de la realidad. Fuentes Rojas, uno de los diversos colectivos, empezó literalmente a teñir de rojo con pigmentos vegetales las fuentes de la Ciudad de México para evidenciar el baño de sangre en el que está sumido el país. Las y los integrantes de Bordados por la Paz y la Justicia, un colectivo que nació en el centro de la Ciudad de México porque era el único territorio relativamente pacífico del país, hoy está en 69 ciudades y hay colectivos internacionales que bordan en solidaridad con México. Reconocen como inspiradoras de su acción a las arpilleras chilenas y a las mujeres wayuu que bordaron la historia de la represión colombiana, así como a la escritura textil de los pueblos originarios.  Bordando Feminicidios ya ha cumplido tres años e interviene las plazas de las ciudades con sus tendederos de pañuelos bordados con la memoria de la vida de las mujeres asesinadas. La Lleca es un colectivo de artistas que desde hace 8 años trabaja para llevar la libertad vital a las cárceles y otros centros de reclusión. Las y los “moneros” (diseñadores de caricaturas) van de los periódicos a las manifestaciones con sus dibujos.

Esta actividad de las artistas visuales ha hecho visible lo que se calla en todos los medios de comunicación: la existencia de más de 25 000 desaparecidos y de más de 120 000 muertos en la última década. Cuando el 26 de septiembre de 2014 la policía intervino en el asalto a los buses que habían tomado los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa para dirigirse a la manifestación conmemorativa del 2 de octubre de 1968 en la Ciudad de México, y disparó sobre ellos provocando heridas y muerte a varias personas, permitió que Julio César Mondragón fuera torturado hasta la muerte y que se secuestraran y desaparecieran a 43 estudiantes normalistas, la población y los y las artistas y ciertos intelectuales dijeron un rotundo “ya basta”. Manifestaciones multitudinarias, seminarios en  autogestión en las universidades sobre la violencia, invitaciones a los familiares de las víctimas de desaparición en los teatros y los congresos, así como la instalación de un antimonumento de tres piezas “+43” de hierro forjado rojo en la avenida Reforma, en el centro político de la Ciudad capital, demuestran este despertar cultural mexicano. Claro que hay también escritores comprometidos: la extraordinaria novelista Cristina Rivera Garza, el joven narrador Tryno Maldonado y el poeta David Huerta, son dignos de mencionar.

 

Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 59 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

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