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GUILLERMO SCULLY FUENTES (1961-2011)

Le faltaba un mes para cumplir los 50 años, cuando Guillermo Scully Fuentes murió en plena producción. Lo comprueban un largo boceto inacabado, 15 bastidores amontonados en su estudio y, sobre todo, la cantidad  de papeles y telas de diversos tamaños que acababa de vender a amigos y coleccionistas, muchos de ellos dueños de restaurantes, cafés y bares. Por supuesto alguien se quedó a la espera de una obra que había comisionado, probablemente pagado. Guillermo era incapaz de ahorrar un quinto hasta el día de mañana. Demasiado le gustaban las plumillas, el buen vino y los quesos. Mucho menos se esmeraba en planear su creación o cumplir un plazo. Gastaba con la misma intensa ligereza con la que intentaba, repetida, juguetona, obsesivamente reproducir el movimiento con el gesto en el papel.

El meneo humano, la celeridad del cosmos, el desplazamiento felino,  la premura urbana producen un gesto variable que su mano zurda buscaba en el aire y trasladaba a lo que tuviera enfrente con un pincel, una plumilla, un lápiz. El trato a las mujeres en su planeación era agradable, tan respetuoso de su autonomía que las acompañaba de lunas y noches libres en los cañaverales. Entre sus azules y violetas nocturnos, aparecían amarillos de planetas y rojos, el cosmos y el piso que sostenía a sus parejas, a sus bacantes americanas, a sus grupos de danzantes.  La noche era el ambiente de su composición primaria. Las faldas amplias, los escotes en V, los pies y las manos de sus figuras femeninas mitifican su trabajo y su estar en el mundo.  De su “Adán y Eva afromexicanos” del Museo de la Tercera Raíz, de Cuajinicuilapa, Guerrero, fundado por su gran amiga y mi maestra Luz María Martínez Montiel, el rostro negro pintado en azul de Eva es seguramente más expresivo del fuerte rostro de Adán. Los hombres eran más cercanos al prototipo del indoafroeuroamericano con el que se identificaba, el jazzista que amaba, el buen bailador, el saxofonista con quien deseaba encontrarse cada noche. Caballeros rituales, de chaleco y camisa blanca. El ritmo de la música estalla en el conjunto de sus trazos.

Dibujante fecundo, pleno, Scully, como empezó a firmar desde mediados de la década de 1980, se abstraía feliz en su realización. Ante el dibujo como actividad primera todo lo demás era accidente: Guillermo trazaba cuerpos en acción, rostros, máscaras, frutas y vegetales desde que era niño. Tenía una excelente composición que resolvía por líneas y matices de color extendido sobre superficies variables. El volumen apenas estaba simulado porque la característica de su expresión era destacar cada una de sus figuras con líneas y enmarques en negros, algo que recordaba a Georges Rouault, vitralista y gran pintor francés de principios de siglo XX. No obstante, la ceremonialidad del artista, la práctica de los tiempos que se fugan del reloj y dan pie a una ritualidad festiva, le servía para ofrecer una alternativa a la segregación, al racismo, al trabajo deshumanizador. Algo que le empujó a ser uno de los fundadores del movimiento Arte en Guerra contra la Guerra en 2001 con sus amigos Fabián Rizzo y Osvaldo Cantú, con quienes se lanzó a las calle para pintar bardas contra la agresión de Bush a Iraq. Por lo mismo, donó un cuadro al movimiento contra el feminicidio en Ciudad Juárez.

A Guillermo le divertían las filiaciones que sus críticos le encontraban. Una tarde llegó a la casa muerto de la risa porque en un mercadillo de arte un vendedor había publicitado su pequeño  óleo afirmando que era “Escuela de Siquieros”. Él pertenecía a una generación sin nombre, pero no era ajeno a la amistad y las influencias. En ocasiones se decía surrealista, se inventó que el suyo era un neorrealismo lúdico, pero el conjunto de su obra no deja de recordar a los expresionistas alemanes en el uso del color, a Guayasamín por el conocimiento del cuerpo humano y al Hotentote, José Antonio Gómez Rosas, porque pintaba bailes en cantinas con una fina ironía que desmitificaba la producción pictórica como objeto de una estética de lujo.

Parte de su desacralización del arte era el valor de uso que le daba: portadas de libros, de discos, de revistas se sucedían según las peticiones de sus amigos.  Por ello fue también una gente muy querida. Un bromista que muchos invitaban a sus fiestas y a sus vidas. Obviamente, si Pentagrama le pedía un dibujo para sus CDs era porque reconocía la calidad de su obra. La revista Algarabía se engalanaba con sus dibujos. Así cuando Rosario Galo Moya le solicitó una América que Mira al Sur para la portada de Pensares y Quehaceres, lo hizo a sabiendas de la calidad de su dibujo. Podríamos decir que por lo mismo muchos dueños de bares y bailaderos aceptaron dibujos suyos en pago de cuentas cuantiosas: “Beban más muchachos, no me abaraten el cuadro”, solía decir a sus invitados.

En 1992, tanto él como yo empezamos a sentir el placer de ser tíos: nos nacían sobrinos por doquier. ¿Qué darles de bienvenida? La Coyota risueña y loca fue un librito casero en espera de reedición, escrito por mí y dibujado, literalmente contado dibujo tras dibujo, por Guillermo. Lo presentamos en un parque. Guillermo invitó a otro de sus amigos, el pintor guerrerense Rafael Charco, a colaborar en más libros para niñas/os que editaba el colombiano Mario Rey.

El color, la música, el canto resultaron armónicos, su selección de papeles –su soporte preferido- era interesante. No obstante, su apego al uso de la tinta china lo orillaba a descuidar la experimentación de materiales; definitivamente en él tenía más peso el dibujante que el pintor. Sus bocetos eran sumamente libres, sus apuntes atrevidos e insólitos, sus estudios consumados. Sobre la ciudad, como centro de reunión y socialidad, podía primar una angelita guardiana. El vientre de una mujer embarazada era el centro de una cosmovisión afectiva.

Guillermo nos contó a la editorialista Ruth García Lago y a mí, cuando ya vivía con ella, que en segundo de primaria se encontró con una maestra que le salvó la infancia, ya que lo dejó dibujar siempre: mientras escuchaba sus clases y cuando los otros le hacían bromas que ni siquiera captaba porque estaba ante un papel con un lápiz. No hemos encontrado dibujos de esas época tan infantil, pero hurgando en los cajones de la abuela Berta Fuentes Castillejos, mi hija Helena Scully ha dado con algunos apuntes y cuadernos que guardó de cuando su hijo aún firmaba Guill y era el adolescente guapo por el que suspiraban todas las niñas de La Tabacalera. Pronto entraría a La Esmeralda contra todos los consejos paternos de volverse, cuando menos, arquitecto.

En La Esmeralda aprendió de todo, se hizo de tres de sus amigos más importantes en la vida, Carlos Gutiérrez Angulo, María Romero y Gustavo Monroy, discurrió con maestras y se obsesionó con las técnicas de algunos maestros y, siendo tan agitado como era, por supuesto la abandonó sin licenciarse.  “¿Para qué un título si uno es pintor?”, me dijo en más de una ocasión. Tenía razón.

Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 59 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

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