Y Aura Sabina dice a propósito de la novela Los extraños de la Planta Baja, Ediciones Desde Abajo, Bogotá, 2015

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Los extraños del gineceo:

amemos a quien tenemos, mientras lo tengamos, bajo este techo

Aura Sabina

¿Cuántas veces, a lo largo de la vida, compartiremos la casa con nuestras amistades? Por placer o por necesidad, de manera temporal o más o menos permanente, habitar un mismo espacio nos mostrará siempre lo más íntimo de  las personas: cómo comen y qué, cómo duermen, cuánto tiempo van al baño o cuánto son capaces de llorar, de beber, de aullar, de cambiar de pareja o de volverse célibe. Creo que las relaciones se afianzan o destruyen después de experimentar la vida bajo el mismo techo. Quizá solo así se sabe del amor, del deseo o de la pesadilla.

Así es la vida de Giovanna, quien cuenta su vida al lado de Simón, empedernido bohemio, escritor, consumido por el alcohol, por las utopías que llevó hasta las últimas consecuencias, con las nostalgias y abatimientos a cuestas, con amigos que migraron para salvarse de dictaduras y otras guerras.

En este sentido, Gargallo se detiene unos cuantos minutos a hablar de aquellos orígenes que hacen de la migración el camino: las guerras, la trata de personas, maridos asesinos, aventuras más allá de las convenciones de casa… Mezclados al mismo tiempo el horror y el amor de esos mismos lugares. De la fantasía ineludible, voluntaria o producto del estrés de la violencia.

Su relación de amigos, de íntimos amigos que se ocultan los verdaderos motivos, Giovanna había omitido ante  Simón su adhesión a un grupo troskista durante la universidad, su tema de tesis doctoral o el temor a la tormenta en el Caribe. De esos amigos, pocos, con quien una quisiera siempre estar, como si fuesen adolescentes, con quien se habla y habla sin parar.  También,  esos amigos suelen ser los más acérrimos enemigos.

Tanto amor se vuelve odio. Porque es tan grande que cuando  acaso amenaza con acabarse, algo nuestro se despeña. Algo nos faltará quizá para siempre. O quizá nos devuelva algo que habíamos perdido tiempo atrás. Eso nunca se sabe.

Pero no solo de Simón vive Giovanna. El departamento, ubicado en la planta baja de un edificio, es habitada también por Malicia, una mujer hondureña lesbiana, con quien compartía profundas vivencias, preguntas existenciales alrededor de Simón. Y ese diálogo sororal que solo entre mujeres puede darse.  La Pantera, una bella, inquietísima e inteligente niña, hija de Giovanna, también vivía ahí. La Pantera solo  piensa en cine, en escenografías. Duerme y sueña con la madre. Y con Malicia. Y adora a Simón.

A lo largo del libro se puede presentir la ansiedad por la vida, por las luchas contra las desigualdades sociales, Nicaragua, el Salvador, España, Argentina, Italia… Lo mismo da si finalmente, al paso del tiempo, pareciera que las historias, no importa la latitud, van a repetirse con la misma maldita exactitud, y dejar a miles con los sueños un poco ajados, revueltos  los recuerdos, perturbada la sensibilidad y lejanas las naciones de origen.

En realidad, Francesca Gargallo habla de los exilios, todos: los emocionales, los físicos, los sexuales. Habla, a través de cada personaje, sobre la angustia ante las despedidas, los hospitales, las patrullas. Lo mismo da caminar por el Centro Histórico que por una cantina barata y mal oliente de Iztapalapa, zona de la Ciudad de México conocida por su alto índice de “criminalidad”. También la felicidad de estar en la selva, de las relaciones casuales con marinos o con alguna amiga querida. De la veleidad del sexo, de la eterna pregunta de qué  diablos es el amor, de qué es el deseo. De si son mitos literarios o reales fuerzas vitales. Todo depende del grado etílico en la sangre.

Giovanna cuenta cómo se enamoró de América y su llegada a ella. Cuenta, también, con gran razón y rabia, cómo los hombres, por el simple hecho de serlo, suelen ser privilegiados. De ahí la importancia de nombrar su espacio como el gineceo: un lugar  con reglas, pensares y acciones de mujeres. Un lugar más o menos horizontal, dónde vivir en cierta paz (la que pueda lograrse a pesar de vivir con una persona alcohólica que con cierta frecuencia se pierde por días, semanas, hasta que…).

Eventualmente los hombres, sobre todo los jóvenes, siempre dispuestos a aprender,  eran bienvenidos. Siempre y cuando no quieran ser maridos o protectores. De ahí en fuera, si son amigos, alumnos, hijos putativos… Serán bien recibidos en el gineceo. De ellos también habla, de su manera de aliarse, muchas veces en contra de las mujeres: “La solidaridad masculina es misógina y se sostiene sobre la necesidad constante de justificar como natural y válida cualquier acción de un hombre”. Su mirada hacia el patriarcado es fulminante, sin contemplaciones innecesarias.

Y sigue contando la historia hacia atrás. La  abuela de Simón había fundado las brigadas del amor durante la guerra Civil Española, su abuelo era periodista. La madre de Giovanna es romana. Un poco (o mucho) anti comunista, religiosa: fatal combinación para los deseos de libertad de Giovanna, quien muy pronto decide emprender el vuelo hacia otras latitudes. Los recuerdos de Nápoles se vuelven profundamente bellos y frívolos. Sus recuerdos de secundaria, el papá de su hija,  Malicia, Guatemala, Nicaragua…

Todo junto pareciera el camino reglamentario a la desesperación, al vacío momentáneo, a las ganas de no seguir. Pero es a través de lo que en las demás personas logra vislumbrar, que recupera, más o menos, las ganas de continuar, de no despedirse, de gritar y enojarse. Giovanna es un personaje poliédrico, perfecto porque manda a la mierda lo que tiene que mandar, con la misma boca y manos que saben tenderse ante una necesidad.

Por ello, Los extraños de la Planta Baja es una novela de perfecta factura y estructura, con un lenguaje rico, pícaro, doloroso. Imprescindible.

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Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis casi 61 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

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