En el número 127 de Blanco Móvil, 30 años de literatura ubicada

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Dormir de noche es un privilegio de clase, no hacerlo un dolor de cabeza

Francesca Gargallo Celentani

 

Se dividen en dos grupos. Los que en sus días libres no pueden dormirse hasta ver despuntar el alba y los que se van a dormir a las 10 de la noche para despertar aunque sea dos veces a la semana a las 8, con la ilusión de seguir siendo normales. Son las y los estudiantes trabajadores de hoy. De sexo indistinto y de edad fija: entre 18 y 24 años. Obligatoriamente “bonitos”, rasgos indígenas deslavados, cuando mucho un poco de ojos rasgados, seguramente no gordos, la gordura desagrada en un mundo de modelos anoréxicas. No tienen derechos laborales, en particular no saben que la jornada de 8 horas fue ganada hace cien años tras intensas luchas sindicales y que hasta la desregulation reaganiana en la década de 1980 nadie (nadie, nadie, nadie) podía siquiera imaginar que sería tan fácilmente revocada en la práctica por las patronales más diversas, desde las burocráticas, públicas y privadas, hasta los emprendedores más pujantes.

Los niños de la noche no son poetas, las niñas no son musas. Son meseras, cajeras, stuarts, hostess, sacaborrachos, cadeneros, gerentes, jefe de gerentes, bar tenders, DJ’s, gerentes de música, jefes de cajeros, jefes de barra, lavalozas, chefs, secretarias de chefs, jefes de cocina, cocineros de fríos y cocineros de calientes: castas de jodidos desprovistos de tiempos naturales, trabajadores de bares, restaurantes y salones de baile. No hay más trabajo para los jóvenes.

Su tiempo personal es exageradamente reducido, cuando mucho 4 horas, si no es que viven muy lejos y el transporte les quema los segundos. Doce horas de trabajo, 8 de sueño y el resto para estudiar, amar, dialogar, conocer la vida, ir al cine o al teatro (jajaja, bueno para mí la normalidad incluye el cine y el teatro, se me olvidaba que hoy es normal trabajar de las 6 de la tarde a las 6 de la mañana), cuidar la mascota, llamar a mamá por teléfono, pasar un chequeo médico, regar las plantas, respirar. Como durante el Feudalismo la lucha de clase hoy se perfila como una lucha contra las horas de corvée más que a favor de los incrementos salariales. Y la patronal los llamará herejes del neoliberalismo, así como en la Edad Media llamó herejes a todos los campesinos y campesinas rebeldes. Herejes y brujas.

Los más raros, los tendencialmente revolucionarios son los bar tenders abstemios y las chefs veganas. Un sacaborrachos pacifista también es un tipo de cuidado. Ni hablar de una cajera feminista. Si sus preferencias son evidentes, las y los demás trabajadores de la noche podrían convertirlos en ejemplos. Grandes revueltas de la noche serían factibles de estallar con esos guías. Todas las noches un fuego.

Las y los maestros de sus universidades y escuelas no los entienden. Los regañan desde su atraso con respecto al conocimiento de la realidad laboral juvenil o desde su clasismo no cuestionado: “No puede ser que no hayan leído esos dos capítulos si no tenían nada más que hacer”. Muchos desertan la escuela antes que el trabajo. Y como su trabajo no está registrado en ningún lado, el gobierno los llama NiNis.

Qué material maravilloso son para el arte los jóvenes: desvelados como zombies, maquetas del performance del futuro, neocategorías para la sociología facilona de las academias clasistas. Los más son carne para el mercado. Hay meseros de bar que se vengan de su imposibilidad de existir comprándose 11 pares de tenis de colores diversos. No duermen, no viven, pero ganan 350 pesos al día más las propinas. Unos pocos son verdaderos nihilistas: la noche devora su existencia que no sirve para nada más que para ser devorada. Y como las mejores narradoras y unos cuantos escritores de hoy, se cuestionan la función de la ficción en el arte (ponen en entredicho el valor de los géneros literarios como formas capaces de enfrentar la creciente falta de significado del mundo y pretenden con ponderaciones excesivas sobre los más nimios aspectos de su vida acercarse al núcleo vivo de la realidad).

Los estudiantes trabajadores que dejan antes la escuela que el trabajo, que tienen crisis acerca del significado de mañana (¿cuándo empieza el mañana si te acuestas cada día a la 8 de la mañana hora en que la gente más vieja entra a trabajar?), que piensan que un artista es el que llega a beber a su barra y menciona su última exposición, que de la diferencia de clases sólo entienden que hay unos gamberros de su misma edad que se pasan la noche en vela sin tener que hacerlo; esos y esas estudiantes trabajadoras son parte de una noche triste, sin encanto, despojada de alternativas tan simples como el sueño. Sin luna ni estrellas. Sin perros que aúllan.

Se dice que en una sola colonia, la Condesa, alias la Fondesa (pero el chiste ya no hace reír a nadie), hay más de 360 bares. Puede ser que muchos más. ¿O cuál es la diferencia entre un bar y un restaurante que cierra a las 2 pero mantiene dentro de sus muros a una cantidad de gente que sigue consumiendo, sobre todo alcohólicos? Los estudiantes meseros no pueden irse; deben seguir atendiéndolos. La jornada de 8 horas ya no existe. El patrón despide a quien a las 4 de la mañana se harta de sonreírle a borrachos que le tiran migas de pan en el escote.

Se dice que hay otros 800 bares de cocteles, tabledances, salas, locales, antros, pubs y discotecas en la Ciudad de México. Un ejército de muchachitos vela en ellos. Sus relaciones amorosas las construyen en su propio lugar de trabajo porque no tienen tiempo de conocer a nadie fuera de ahí. A las mujeres los gerentes (apenas mayores que ellas, aproximadamente treintañeros) las llaman perritas, las obligan a beber para reírse de sus desfiguros o las denuncian si son demasiado austeras porque ahorran para pagarse escuelas de teatro o de música demasiado caras.

“Yo no sufro por no poder hacer cosas fuera de aquí, porque aquí se ha vuelto mi casa”, le dice a su compañera de trajín un muchacho de 20 años que ha dejado la UNAM donde entró dos años antes pasando con facilidad un examen que retuvo al 90% de las y los otros postulantes. Perdido para el estudio, perdido para la inteligencia, pero no era tonto. Otro, no mayor que él, se ríe con un cliente sobre la posibilidad de que éste le pague para conseguirle putas. Usa este término: putas. Es decir, muchachitas que como él llegaron al trabajo sexual pensando que le ayudaría a pagarse sus estudios, su vida, su renta, la posibilidad de salir de su clase social.

La noche no es divertida para quien quiere hacer la prepa abierta, pero se duerme sobre los libros porque el sueño de día no descansa. Para quien sufre de migrañas si no descansa y teme que la aspirina le cause un hoyo en la panza. Para quien sabe que el gerente lo tratará mal tan sólo porque pertenece a la categoría de persona que existen para ser tratadas mal. “Cuando entras a trabajar dejas tu vida afuera”, le dice a un muchacho que es tratado como objeto por un cliente (y quizá haya perdido a la novia, a la madre, al perro o tenga una muela infectada y ganas de tirarse de espalda en la hierba), el jefe que recibe de un jefe más rico enseñanzas acerca de cómo explotar a los trabajadores porque así ganará más.

“Eres joven, cuando seas más viejo vas a dormir. Ahora tienes energías para todo”. Frases vacías. La noche que no se duerme tiene consecuencias. La mayoría de las y los trabajadores de bares y restaurantes tienen trastornos por el ruido constante, las luces y la falta de sueño. Los ciclos menstruales enloquecen, los dolores de cabeza se multiplican, el malhumor se generaliza. Una mesera que se salió de un bar espeta enojada: “No sabía qué hacía ahí. En realidad un bar encarna todo aquello que una no quisiera que exista, todo aquello contra lo cual lucho hoy: el egoísmo, la vanidad”.

Vuelvo a casa deprimida por mi noche de ronda. Escuché todo lo que pude, miré el autoritarismo reciclarse en las preferencias de los cadeneros, el racismo de las personas que no quieren ser identificadas con lo jodido que están en un trabajo sin fin ni fines. Vi llorar de agotamiento a una meserita chiquita chiquita. Esperé que la niña bien con chofer que la devolverá a casa sin tener que ser retenida por el alcoholímetro diga la consabida estupidez de “qué groseros, nos encendieron las luces” con voz gangosa y un tanto nasal, cuando a las cinco y media de la mañana los meseros le pidieron que se retirara para poder cerrar las cuentas de la noche. No me quedé al recuento de cuántas botellas, cuántas cajas de cerveza, cuánto de propina. No esperé para saber si las cuentas concuerdan con lo que hay en caja.

No me quedé. Me fui por las calles. Paso frente a un Oxxo. ¿Una cerveza en la acera? A final de cuenta ¡qué si me arrestan por faltarle a la moral una noche!

Entro al resplandor del neón. La noche agoniza entre las ramas de las jacarandas pelonas del camellón. Los chavos son menos bonitos, hay unos hombres y unas mujeres mayores de cincuenta años, de esos que no encuentran trabajo en ningún otro lado por viejos. En su cara reconozco el mismo desvelo sin sentido. Pienso que a éstos ni siquiera le darán propinas al final de la noche.

Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 59 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

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