Reflexiones acerca de los machos de izquierda y la libertad de optar, tener tiempo, no desvivirnos de las mujeres

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Sí, sería interesante que las mujeres respondiéramos a la demanda de las compañeras oaxaqueñas de denunciar a los activistas de izquierda y a los dirigentes de organizaciones populares e indígenas cuando acosan, violan, maltratan a sus compañeras de activismo.
Y más que eso: sería hora de que nos sentáramos a meditar, cada una por su cuenta, con el tiempo del tiempo que nos han robado las complacencias y los deberes, sobre cuántas veces hemos soportado agresiones veladas, comentarios hirientes, descalificaciones políticas, robo de la palabra y de la representación, cuando no manoseos y ofensas verbales sobre nuestro cuerpo y nuestra sexualidad, por parte de compañeros porque estábamos en una acción urgente, porque era el momento de unirnos, porque nos acostumbraron a creer que los hombres saben lo que hacen.
Insisto en meditar con tiempo.
En Guatemala, durante los meses pasados trabajé con mujeres maravillosas, capaces de meter los dedos en sus llagas para limpiárselas, capaces de confrontar sus palabras y hablar juntas nada menos que del racismo entre mujeres, sin agredirnos, sin decir que mi palabra de maya, de xinka, de garífuna vale más que mi palabra de blanca o de ladina (mestiza). Hablamos juntas de cómo relacionarnos, porque no queremos volvernos enemigas unas de las otras. Algo que desgraciadamente no veo en muchos otros países entre mujeres donde nos reclamamos a voces en cuello lo que no sabemos denunciar del sistema que nos oprime. El único aspecto que realmente me preocupaba de la relación con mis amigas, compañeras, colegas guatemaltecas, mayas y mestizas, es que siempre estaban haciendo algo. No podían descansar, no podían tomarse una tarde libre para pasear en el parque, para estar solas.
Sé que en el feminismo, sobretodo en el feminismo lésbico, hay una tendencia muy gregaria: las mujeres van a todo lado juntas, se citan, se ofenden cuando alguien no las acompaña. No hay fiesta si la fiesta no es de todas, no hay paseo si no se arriman a otras. Pero estar solas es bien importante. Estar sin tener que hacer obligatoriamente algo para complacer al grupo de feministas es vital para una feminista: es renunciar a la prisa y, de esa forma, poder tomar una decisión libremente.
Por eso no me preocupo de que las mujeres nos estemos tardando en dar respuesta a la denuncia de las compañeras oaxaqueñas acerca de un hombre, activista de izquierdas, que se reveló un portavoz conservador de la educación de género patriarcal: un hombre que encubre su violación a una mujer con su adscripción a la izquierda.
La empatía es un sentimiento generoso y cada una de nosotras la puede sentir por la compañera, las compañeras, que han vivido, como nosotras, cada una de nosotras, una agresión de un hombre de izquierdas. (Hace menos de tres meses un cretino de izquierdas durante una reunión de reflexión mixta que blateraba usando expresiones como “hijos de putas” e “hijos de la chingada”, cuando le pedí que moderara su terminología porque me ofendía, se levantó gritando que él no era un mandilón que le debía obediencia a una mujer como yo que, tremenda ofensa según él, era “amiga de perredistas”. Se levantó y se fue. Pensé yo que por suerte. Vil estúpido, macho de mierda. Pero la cosa no terminó ahí: una mujer me reprendió porque a ella sí le interesaba la posición política realmente preclara del macho de izquierda… Ya saben.)
La empatía no es ni condescendencia con la propia experiencia común, ni obediencia a un patrón de crítica y rebelión ante un sistema de género que descansa en la obligatoriedad de la heteronormatividad, como bien nos ha enseñado Ochy Curiel.
La empatía es un sentimiento que como todos no es ni puede ser obligatorio. Nadie puede ordenarnos ser empáticas hacia alguien o hacia una situación, así como nadie ni nada puede obligarnos a amar, a odiar, a sentir antipatía.
La empatía es también fruto de una reflexión, de una conciencia que lleva tiempo en formarse al interior de cada una de nosotras. Yo siento empatía hacia quien mueve mis emociones, por eso soy muy empática hacia las y los artistas. Les agradezco haberme dado esperanzas ahí donde las reflexiones sociológicas y las denuncias de las activistas de los derechos humanos me las aniquilaban. Agradezco cuadros, obras de teatro, performances, momentos de humor y comicidad, poemas, novelas que me hicieron sentir entre otros seres humanos, de carne, viva, con emociones, con ganas de sentirme consolada, de consolar, de abrazar, de besar cuerpos vivos, cálidos, amados, desconocidos, derribando barreras de fenotipo, de clase, de sexo, de edad.
Quiero sentirme libre en mi apreciación estética para sentirme empática con otras personas, en situaciones en que reconozco un peligro para todas las mujeres, o en que deseo acompañar a una mujer que pasó por un mal momento. Para ello necesito tiempo; es decir, estar libre de la obligación de hacer algo para construir con prisa colectivos que se sostienen en el deber.
Por supuesto que suscribo la denuncia de las compañeras de Oaxaca contra uno más de los agresores misóginos que se esconden detrás de la palabrería de la construcción de un mundo mejor donde los hombres siguen siendo la mitad importante de la humanidad. No creo que hay una mitad por encima de la otra (¿una mitad de seres humanos construida sobre la imagen de los genitales externos?), así como no creo que la construcción de aparatos de denuncia sea más importante que el acercamiento humilde y solitario de una mujer con otra mujer que necesita tiempo para tomar la decisión de denunciar, en sus términos, según su voluntad.
Mis amigas, colegas, compañeras de Guatemala, mayas y mestizas, me han enseñado a ver qué quiero cambiar en mi manera de relacionarme con otras. Quiero escucharlas, escucharme con ellas, mirar hacia la herida que tengo o que provoco cuando no hago conciencia de cómo he sido construida por el sistema racista y heteropatriarcal. Quiero tener el tiempo de estar pensando qué quiero hacer, cómo hacerlo, en qué momento accionar.
Pienso en la acción en la que he estado involucrada durante los últimos dos años, la de bordar con hombres y mujeres por mantener la memoria de las personas asesinadas y desaparecidas en México, sin importar si son campesinas, sicarios, vendedoras, jóvenes, policías, narcotraficantes, estudiantes, amas de casa. Las y los muertos no son una cifra, las mujeres y los hombres, niños o ancianos/as, desaparecidas no son una estadística sobre la violencia, son personas, hijas, madres, filósofas, médicas, agricultoras, albañilas, solidarias, egoistas, pacifistas, competitivas, que son amadas, extrañadas. Ahora bien, bordar un pañuelo con sus nombres, con las historias de las mujeres que fueron asesinadas por ser mujeres, con el grito de angustia de una madre que escuchó la voz de su hijo en el momento de ser secuestrado, con el sollozo de hombres que vieron morir a sus amigos, amigas, hermanas por haber denunciado una injusticia, implica decisión personal, la organización de un grupo de personas solidarias que se mueven para recoger las denuncias de mujeres y hombres que quieren la construcción de un camino a la justicia. Además implica cuatro, seis horas de estar sentadas bordando, en silencio a veces, dialogando con otras y otros bordadores en más ocasiones. Hacer memoria es repetirnos las historias de la memoria que el sistema de medios de la rapidez y el deber inconsciente nos quiere imponer.
Hacer memoria es cosa de tiempo y empatía. Actuar libremente es cosa de conciencia forjada con tiempo y libertad.
No nos regañemos unas a otras. Ya estoy harta de obedecer los regaños de padres, maestros, sacerdotes, dirigentes políticos, militantes. Miremos con simpatía el tiempo que cada una toma para sí. El momento de empezar a actuar es siempre el mejor momento. Y cae cuando el peso de las cosas nos hace sentido.
Francesca

From: Norma Mogrovejo
To: feminismo nuestroamericano ; pactonacionalporlasmujeres@googlegroups.com
Sent: Saturday, August 9, 2014 9:15 PM
Subject: accion contra la violación en Oaxaca

Hace unos días, compartí con Uds. la acción que un grupo de mujeres hizo en Oaxaca en contra de un violador, artista y de izquierda. Me sorprendió el silencio, que ninguna feminista comentara absolutamente nada.
Les comparto una carta que publica un grupo de hombres en apoyo de la acción valiente de este grupo de feministas oaxaqueñas. K paradógico, que ellos mencionen que el silencio es cómplice y este espacio no haya dicho absolutamente nada, sería interesante enviar a las compañeras oaxaqueñas muestras de adhesión, no creen?

https://machosalahoguera.wordpress.com/cartas-de-apollo/

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Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis casi 61 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

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