Lucila Navarrete Turrent sobre la novela Al paso de los días

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 Texto de Lucila Navarrete Turrent sobre la novela Al paso de los días

Cuando, desde el espejo de las aguas manso,
una niebla eleva su tapiz en raso,
la luna, con las olas de aire fundida
como un fantasma haciendo fantasmas brilla,
¡entonces todos nosotros somos con certeza
felices, alegres hijos tuyos, oh, naturaleza!
Goethe, El juego de las nubes

Novela: Al paso de los días, por Francesca GargalloComienzo estas palabras con una confesión: después de terminar el libro de Francesca, abrí algunas páginas de un hermoso diario científico de Goethe, “El juego de las nubes”.

A Francesca le es difícil ocultar que proviene de la filosofía. Esta inquietante novela es atravesada por una enigmática pregunta: ¿es nuestro el tiempo o es el tiempo el que aliena nuestas vidas? ¿Acaso no, la filosofía ya había problematizado que somos nosotros, en la medida en que intervenimos en el mundo, que contamos con el tiempo? ¿Es la medida de la propia existencia la que cuenta con la salida del sol, las mañanas y el ocaso, o es que somos los siervos de un tiempo que asumimos, que creemos es abstracto?

            Desde el título de la novela, Al paso de los días, y sus capítulos: “Los días del tiempo”, “Los instantes”, “El tiempo”, y “El paso”, el tiempo si bien no es objeto de discusión entre las mujeres y hombres de variopinta procedencia que protagonizan este apocalíptico relato, el tiempo es ese poderoso metafísico que dispone de la vida. ¿Y de qué tiempo hablamos?, porque tiempos hay muchos: el de la naturaleza, el del universo, el del progreso, el de la ciencia… La autora va a respondernos que es el de las manecillas del reloj, el del ritmo desenfrenado del trabajo, el de los Estados en disputa y las guerras, el de las telecomunicaciones, ese tiempo irrefrenable que todo lo disuelve y aplasta, es aquél donde hemos depositado nuestra existencia, y al que le hemos confiado nuestra madre tierra. Tiempo que confirma la vigencia del viejo relato de la Ilustración: la fe en el progreso y por consiguiente, en el discurso de las ciencias y el desconocimiento de otras formas de vida y saber.

Por eso, esta novela es una suerte de manifiesto romántico a la siglo XXI: se declara en contra del progreso y de su gran aliado,  el capitalismo, no sólo porque arrebata el tiempo de la vida, sino porque también se lo arrebata a la naturaleza. ¿Acaso no, las manecillas de nuestros relojes apremian nuestros días?: despertar temprano para llegar al trabajo, alimentarse a determinadas horas no sin antes abastecerse en el supermercado, dormir lo suficiente para regresar al trabajo otra vez, y es lunes y es viernes, y es lunes otra vez. El tiempo nos consume, pero asimismo impone los ciclos de la madre tierra. Como dice el viejo Jacques de la novela, ese que ha desatado el caos en la historia: “Hemos roto todos los vínculos con la vida, nacemos en hospitales, comemos animales criados contra toda justicia en granjas donde los someten a las peores torturas, no tenemos silencio ni escuchamos el viento, quemamos el petróleo, ensuciamos los mares y hasta tiramos basura a la estratósfera.” Este tiempo, el de la modernidad, es el tiempo de la muerte, responde la novela a lo largo de sus páginas, y la única manera de contener el autogenocidio es suspender de un plumazo las telecomunicaciones y darnos la oportunidad de comenzar otra vez.

No quieran creer ustedes que se trata de una novela filosófica, no, es sólo que a lo largo de sus páginas la autora va desarrollando entre líneas tales cuestionamientos. Ella misma lo confiesa en la última página de los agradecimientos: “(He) intentado poner en orden todos mis desvaríos sobre el tiempo, calmando en parte mi terror hacia los efectos de nuestro enloquecido desarrollo científico-industrial. Desarrollo que sigo visualizando hijo del raciocinio cuantificador y opresivo de la legislación romana que pretende que todos seamos iguales y medibles bajo su férula. Una ciencia para una ley que niega el saber si no le es propio.”

¿De qué historia estamos hablando, entonces? La novela se desarrolla en los primeros días posteriores a la caída de las telecomunicaciones en el mundo. ¿Qué propicia semejante acontecimiento? Un viejo científico francés que a lo largo de su vida estudió los efectos del cesio 137, logra activar una suerte de bomba electromagnética satelital que desestabiliza todas las telecomunicaciones del mundo. No quiero contarles la historia, para eso estamos aquí, para invitarles a leerla, salir y comprarla, pero sí quiero decirles que el viejo Jacques habilita esta “bomba” durante un vuelo de Marsella con destino a París, en el que viajan sus secuestradores y una variedad de pasajeros de distinta procedencia, entre ellos 7 formidables personajes que nos acompañan a lo largo de la mitad de la historia: una niña adolescente, su madre y un amigo de la madre, un famoso escritor indo-británico, un actor de Hollywood, una flaca profesora y un gordo. El avión es llevado a un lejano desierto mongol, donde secuestran al viejo Jacques, mientras que el resto de los viajeros deberán ingeniárselas con el naufragio. Sólo estos 7 personajes –un número por demás simbólico– emprenden el camino en búsqueda de su sobrevivencia, decisión que los lleva a experimentar más allá de sus límites físicos y psicológicos, la capacidad para resistir individual y colectivamente al desamparo.

De estos 7, Irene es el personaje que encabeza uno de los monólogos internos más interesantes de la novela, por tratarse acaso, de una suerte de alter ego de la misma Francesca: es a través de ella que la autora articula una serie de preguntas sobre la existencia y asimismo, deposita experiencias autobiográficas. Pero no querramos caer en la trampa de que el autor se descifra por sus novelas o viceversa, esto es sólo un dato curioso; lo valioso de la novela estriba en su acabada composición y en sus profundas reflexiones. Irene se convierte en la cabeza de los 7 caminantes, y no es accidental: ella, ante la adversidad que se impone, se siente más libre y plena: “Era increíble, era injusto, pero esos días viniendo de la nada para ir rumbo a la nada le parecían las mejores vacaciones de su vida.” Ha podido escapar de las amarras del trabajo y de la vida citadina, es decir, del tiempo de la modernidad, y ha logrado escuchar en lo más profundo de sí, la sabiduría de su propia naturaleza, la de ella y la aprendida entre numerosos pueblos indígenas mexicanos, a donde había recurrido en el pasado a buscar respuestas como una forma de alcanzar una beatitud propia, una naturaleza espiritual. Ella, la guía, espíritu aguerrido, ha encontrado una forma de paz en ese piélago incomunicado, el mismo que la llevará a tomar la decisión más importante de su vida: apartarse de su hija para salvarle la vida. El lector no sólo participa de la incertidumbre y la angustia sino que asimismo se introduce en la conciencia de esa Irene que también es escritora y filósofa, y que deberá luchar con sus propios demonios y fobias, como el poder, la envidia y la fama, personalizados en otro de los 7, el famoso escritor indo-británico, Salman Mourad, pero también en ella misma. ¿Qué tanto hay de Irene en Salman, me preguntaba mientras leía?

Esta primera parte de la novela, que en realidad es el primer capítulo, se podría decir que es una mirada al interior, al interior de las emociones, de los recuerdos, de los sentimientos más profundos que pueden brotar cuando se experimentan los límites de la vida. Un interior que por igual pregunta por el amor de una hija hacia su padre, ironiza sobre el sentido pragmático del quehacer filosófico, reflexiona sobre la lealtad, la solidaridad, la incondicionalidad entre amigos, la autenticidad y desinterés en el acto de escribir, la sed de poder y fama, la niñez y la adolescencia, la fragilidad y la nostalgia.

La segunda parte explora una escritura que si bien indaga en el interior de otro séquito de personajes, se centra más en la acción: los intrincados acontecimientos de quienes van en busca de esos 7 que misteriosamente han aparecido en los televisores del mundo, única transmisión posible desde que cesaron las telecomunicaciones. Y es que el viejo Jacques ha dejado un medallón entre las cosas de Irene y su hija, y que oculta una cámara, la misma que ha televisado a los 7 errantes. En este sentido, la novela también es una burla de la sociedad del espectáculo, pues ese último espectáculo del mundo moderno es antesala de la reescritura del tiempo, de la sobrevivencia de una especie que está por replantear su vida en el azotado mundo que hasta ese momento, ha sido gobernado por la ciencia y el capital.

A partir del segundo capítulo la novela ofrece una diversidad de escenarios y personajes de Mongolia, Irán y México, que gravitan en torno a los 7 errantes, y actúan en función de lo que de ellos ven en los televisores. Si bien son capítulos que despiertan la intriga, asimismo figuran la improtancia de la espiritualidad en sus diversas expresiones, y la nostalgia por un mundo anterior: quizá menos modernizado y por ende menos enfermo. Cito: “Boldbaatar Uuganjii –el ministro de comunicaciones de Mongolia- miró el pasto amarillo de su tierra después de tres años sucesivos de dzud, crudos inviernos con poca nieve sucedidos por veranos ardientes, cortos y secos, y pensó que esa primavera tampoco traería herbajes suficientes para los caballos, los borregos y las cabras de su familia. (…) Había encarado durante el último plan quinquenal y hasta 1991 al primer ministro cuando declaró que los nómadas debían ser asentados en las ciudades, y se había enfrentado al nuevo capitalismo cuando todos los miembros de su clan volvieron al nomadismo para no morir de hambre.” Leemos algo similar cuando el kazako y el joven iman recorren el desierto en busca del escritor Salman Mourad, como parte de una misión encomendada por el gobierno iraní: “El religioso kazako no era un buen rastreador; demasiadas horas sobre el Libro Sagrado lo separaban de las piedras y los caminos; El secretario de Ashour Dalband –el iman- se alejó desierto adentro, tendió su tapete de oraciones y se quedó un largo tiempo con la frente apoyada en la tierra rumbo a La Meca. El aire que lo envolvió le trajo la paz.” O cómo no recordar al mexicano Jaime Roldán Roldán, quien soñaba con acabar la colonización de la tecnología digital y vivir en un desierto silencioso de cactacias y huertos hidropónicos: “por sus ojos pasaron las imágenes de un mundo que iba a volverse, debía volverse, nuevamente campesino, verde, jugoso. Soñaba con ser su artífice y se imaginaba a caballo entre trigales o limpiando frijoles entre mujeres en un patio de adobe blanqueado con cal.”

El libro va a respondernos que en esta misma clave, la de la espiritualidad, está potencialmente nuestra salvación o, si se prefiere, la posibilidad de reinventarnos; una espiritualidad que plantea el problema de la escisión entre la naturaleza humana y la naturaleza del mundo, porque sin dicha escisión ya nos hubiéramos ahorrado la destrucción del mundo.  Se trata, entonces, no de una espiritualidad aislada, sino de volver a las prácticas culturales que ligaban la tradición con el conocimiento y el cultivo de la tierra.

Entre tantas y diversas reflexiones que también se hacen en los capítulos 2, 3 y 4, quiero señalar el de la geopolítica y la lucha por mantener la hegemonía de los espacios. Y esque, se pregunta la autora, ¿qué sería del geopoder sin la inteligencia artificial (el mundo de computadoras y redes)?, nada: ya ni la guerra sería posible porque ni siquiera hay entrenamiento militar sin tecnología; por eso es cómica la parte en la que la invasión de Estados Unidos a la frontera mexicana por falta de víveres, termina en cuestión de segundos: los soldados, sin contar más que con sus cuerpos y armas para pelear, disparan a todos los flancos y sin sentido, y terminan muy pronto aniquilados.

Pero además, la hegemonía cultural, la de la modernidad capitalista, lejos de vendernos el cuento de la pluralidad y las libertades democráticas impone la homogenización de las prácticas. Como bien ha señalado ese gran filósofo que albergó esta universidad, Bolívar Echeverría, hay que inventar estrategias para neutralizar las contradicciones de la modernidad capitalista, es decir, apostarle a la vida resistiendo a tal homogenización. Como alegoría de lo que quiero decirles, ¿acaso no es inquietante ver cómo crece la hierba en el asfalto, como se resiste, tanto como resisten las tradiciones, la memoria generacional, la diversidad? La novela en este sentido es radical y soberbia también: alguien toma la decisión, por todos, de reiniciar el mundo, digamos, de volver a lo pre-moderno o pre-tecnológico, porque se siente culpable y se siente capaz de representar la culpa, de representar una forma de salvación. Es este fundamental atrevimiento el que pone en marcha el relato. En ello, sin embargo, hay otra serie de cuestionamientos de naturaleza delicada: ¿quién es esa persona y por qué toma una decisión de tales dimensiones? ¿Acaso no, está en un plano de superioridad moral?, me pregunté yo, finalmente una lectora más.

Y si bien la pregunta filosófica es la del tiempo, hay otra más importante que atraviesa la novela y es la pregunta por la ética. Creo que de ello me he ocupado más en estas líneas que sobre el tiempo, pues la historia en este sentido es severa. Dejemos, por el momento, que los lectores se sigan haciendo preguntas, e indaguen en muchas otras problemáticas que aborda esta importante novela.

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Texto leído  en la mesa de presentación de la novela Al paso de los días de Francesca Gargallo, evento organizado por el Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (CIALC), Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el miércoles 19 de febrero de 2014, a las 18 horas, en la Sala Lepoldo Zea, 3er piso – Torre II de Humanidades, Ciudad Universitaria, México, D. F.
 
Mesa de presentación

De izquierda a derecha: Lucila Navarrete, Sandra Escutia, Rafael Mondragón y Francesca Gargallo durante la presentación de la novela Al paso de los días

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