El círculo, reflexiones sobre migración y el derecho a la buena vida

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EL CÍRCULO. APUNTES DE UNA MIGRACIÓN, DE RICARDO RAMÍREZ ARRIOLA

Francesca Gargallo Celentani

Un libro jamás podrá dar cuenta de la totalidad del mundo que evoca. La migración de las centroamericanas y centroamericanos a través de las selvas, las ciudades empobrecidas, la violencia callejera, la solidaridad inesperada, los riesgos de agresiones policiacas, delincuenciales y pandilleras y los desiertos de México es una epopeya, una odisea y, a la vez, un holocausto. Puede ser que abarque cifras de terror: 50 000 muertos/as, más de 70 000 desaparecidas y desaparecidos. No hay un lenguaje ni una síntesis posible para la desesperación. Ni para el valor, heroísmo y amor de quien es capaz de enfrentar el abandono y la deshidratación en el desierto, el acoso, el agotamiento, las agresiones sexuales, el ahogamiento en los ríos y las lluvias torrenciales de las selvas, la criminalización por parte de autoridades corruptas, el frío, el calor, la esclavitud, el hambre, la obligación de matar o de pedir limosnas, las amputaciones de miembros de quien cae bajo las ruedas de un tren que ha sido bautizado especialmente con el nombre del miedo: La Bestia.

La cámara del más atento fotógrafo de personas y situaciones de Guatemala, Ricardo Ramírez Arriola, acompaña sus reflexiones sobre la tenacidad y la paciencia, colindantes con la terquedad y la resignación de los hombres y mujeres de países donde la falta de alternativas se ha convertido en conciencia histórica internalizada.

Con palabras de cientista social y anécdotas de caminante, Ricardo narra. Sus consejos de qué donar a los albergues y cómo portarse para ser solidaria/o, sus denuncias de la política  fronteriza de Estados Unidos a lo largo de los 3142 kilómetros de la frontera más transitada del mundo donde los agentes estadounidenses matan a patadas o a tiros, sus rabias contra la impunidad de los crímenes a lo largo del camino de la migración no extinguen la voz  del también investigador independiente. Más bien, despiertan  la conciencia de el/la lector/a.

Un tren, la temible Bestia. Un par de tenis, tan agotados como los pies que se acaban de descalzar. Los pantalones finalmente lavados en un alambre de púas. Los colchones de los albergues asediados.  El periódico de un pueblo sobre el que se asoman todos los rostros. La sonrisa de jóvenes y fuertes hombres hondureños que saludan como chicos con la palma de la mano al fotógrafo. Imposible no pensar en la esperanza, en la trágica esperanza de quien no tiene más oportunidad que echarse a andar tras un sueño al ver las fotografías de Ricardo Ramírez Arriola. Imposible no pensar en los masacrados por las bandas criminales con connivencia (¿autorización?) de las fuerzas del orden mexicanas, al leer sus palabras. Obvio, se dirán algunos: el libro está dedicado a la memoria de las 14 mujeres y 58 hombres, las y los 72 migrantes guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, ecuatorianos, brasileños e indios que fueron  asesinados en una granja de Tamaulipas en agosto de 2010.

Ricardo se inició como fotógrafo de danza hace 20 años. En 2012 obtuvo el primer lugar en el Premio Alemán de Periodismo “Walter Reuter”  por la fotografía “Cinco siglos igual. Espejitos…”  publicada en el sitio http://360gradosfoto.com/. Una imagen de siete mujeres descalzas caminando bajo la lluvia junto a sus hijos, todo ellos tapados con un paraguas con la imagen de Manuel Velasco, candidato de Sakamch’en en  Chiapas. En palabras del jurado es  una “imagen desoladora, eficaz, incontrovertible, que confronta a una sociedad visual irrumpiendo desde el olvido.” Personalmente había conocido y admirado a su madre, sabía de su existencia desde que era un adolescente, pero lo encontré en 2006 en el desierto del Sahara, donde él y yo habíamos llegado para narrar con nuestros diversos lenguajes la historia de lucha y resistencia al colonialismo contemporáneo del pueblo saharaui. Mi hija mexicana y su hijo guatemalteco se hicieron amigos. Ambos son devoradores de tortillas, ambos tienen un acercamiento inteligente y preciso a la realidad, ambos ríen como adolescentes. Como sus coetáneos de Honduras y El Salvador pertenecen a los países que son los mayores exportadores de personas a Estados Unidos.

Desde que lo conocí, lo reconocí.  Y empecé a seguir las fotos y las reflexiones de Ricardo. En el Museo de Antropología de la Ciudad de México pude observar la ternura sin piedad de un hombre que ofreció su mirada atenta y amante a las y los refugiados de guerra y retornadas de Guatemala. Ojeé sus libros de imágenes que captan instantes de la China contemporánea. Recordé en los perfectos blancos y negros del pueblo de Tifariti las sensaciones vividas en el calor del desierto cuando mirábamos las fuerzas de la ONU estallar las minas antipersona con las que el ejército marroquí ha rodeado tres mil kilómetros de muros construidos contra el regreso de las y los saharauis a sus tierras, muros de la vergüenza y de la exclusión. Y de repente me encontré con 360°, la exposición sobre los enseres,  los descansos, la soledad y la fuerza de Antonio, Misael, Karen, Glenda, José, Milton, Julio Fernando, Cynthia, eso es de los y las migrantes con los que Ricardo ha intercambiado palabras y miradas. Fotografías de personas de carne, hueso y deseos que confrontan sus esperanzas con una maquinarias de explotación que ha reinventado en la época contemporánea el trabajo esclavo de prestadoras de servicios domésticos a hijos que no son suyos, de levantadoras de cosechas, de albañiles sin casa, de remitentes de remesas. De esa exposición nace El círculo. Apuntes de una migración, libro publicado en México a finales de 2013 por la Rosa Luxemburg Stiftung.

Vías de ferrocarril apoyadas en piedras calcinadas, botas y una camisa sobre la cabeza: así la imagen homenajea a las pequeñas y grandes historias de migrantes que no es cierto que son anónimos, que tienen familias que han dejado, aún niños de pecho, y nombres y saberes. Aunque terminen sepultados en fosas comunes que sólo la memoria de un piadoso sepulturero puede mostrar, su destino no es el olvido y la indiferencia. La migración habla de una población activa, joven y valiente, poseedora de un país de origen y uno de destino.

No obstante, Ricardo Ramírez Arriola no es un falso optimista. Conoce muy bien la historia de las masas sin derechos y oportunidades de México y Centroamérica y de la explotación del esfuerzo de campesinas y campesinos sin tierra, de obreros sin vivienda, de trabajadoras sin salario que se convierten en migrantes. Es hijo de esa historia y de la voluntad de ponerle fin.

Sus reflexiones tocan temas fundamentales para la sociología y la ciencia política contemporáneas: el cristal con que se mira el fenómeno puede tergiversar la realidad. Por ejemplo, es necesario saber que el negocio del envío de las remesas de nuestros migrantes a sus comunidades de origen no es sólo cuantioso, sino en muchas ocasiones posibilidad de usura contra las y los más pobres. “En 2012, los trabajadores inmigrantes centroamericanos y dominicanos en estados Unidos pagaron aproximadamente 630 millones de dólares por concepto de comisiones”, escribe Ricardo. Las empresas transmisoras de dinero se benefician de ellos y ellas como los vendedores de amuletos y las compañías agrícolas que los fumigan en los campos. Expulsados económicamente de sus países de origen, son subpagados y perseguidos en los países de destino, pero bien que dejan ganancias a lo largo de toda su vida. La migración, ilegalizada y clandestina, es un negocio redondo para los explotadores.

Además, la violencia durante el camino ratifica y sostiene cadenas de violencias de las que también se es consciente a la hora de partir. Las muchachas y muchachos se van al norte por falta de oportunidades, por la crisis, por una deuda, pero lo hacen también por las amenazas en el barrio, los pandilleros de su colonia, las maras y la inestabilidad política, como la que llevó a Honduras a ser el primer país en reinaugurar los golpes de estado en América, en junio de 2008.

En las balsas echas de palos y neumáticos que atraviesan el Río Bravo, no se van sólo mujeres de rodilla y muchachos en bicicleta. Se van las condiciones de epidemia de la propia comunidad (según una terminología de la Organización Mundial de la Salud, que considera que la tasa de 10 o más homicidios por cada 100 000 habitantes es dañina para la salud de una población, precisamente una “situación de epidemia”). En 2011, la tasa de homicidios por cada 100 000 habitantes en Honduras fue de 91.6, en El Salvador de 72, en Guatemala de 40 y en México de 24.

El Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, El Salvador y Honduras) es “una de las zonas más violenta del planeta debido al aumento del narcotráfico, la presencia de aliados de los carteles mexicanos y la debilidad de las instituciones estatales”, tal y como lo describe la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito.  De hecho, la proliferación de armas se relaciona con la presencia de una gran población desempleada, con índices de pobreza alarmantes y bajísimos niveles de ingreso per cápita. Si el promedio de los ingresos no llega a los 189 dólares mensuales en Honduras, los 280 en Guatemala y los 315 en El Salvador, en México sube a casi 812 y en Estados Unidos a 4163. La relación entre pobreza, violencia y migración es evidente, nos recuerda Ricardo. Por ello, agrega, “sin perspectiva a corto y mediano plazo, obligar a un ciudadano a no ejercer su derecho a la movilidad se perfila como un simple atentado en contra del natural instinto de supervivencia y conservación”.

Si a ello le agregamos la enorme propaganda al american way of life, o “sueño americano”, que pregona que en Estados Unidos existe democracia, libertad de expresión, libertad de consumo y acceso a la abundancia, los móviles para emigrar – para “no condenar a nuestros hijos a la mera sobrevivencia” como le dijo Marta al padre Alejandro Solalinde, defensor católico de las y los migrantes en su tránsito por México- se develan en toda su fuerza. Medios de comunicación, grupos de poder y políticas de información afectan economías y sueños de los pueblos bombardeados por mensajes que “intentan persuadirnos de las bondades del neoliberalismo, el mercado y la acumulación”. En los escasos días que pasé en una comunidad tzeltal donde recibí las enseñanzas de la Escuelita Zapatista, entendí por qué la población que ha hecho de la autonomía su política su estandarte y su forma de vida (autonomía que se traduce en economía agraria autosustentable) migrar no está en el horizonte de las fantasías de nadie.  Sin el mito de un “norte idílico y prometedor”, con la conciencia de lo que se tiene y el conocimiento de los riesgos y los límites, la decisión de migrar tendría en consideración también la destrucción de valores propios, comunitarios y ancestrales.

Finalmente, El círculo. Apuntes de una migración, es un libro que abarca mucho, pero como decía en un principio, no puede expresar todas las dimensiones de la epopeya y la razón. Migrar es un hecho histórico que ha adquirido dimensiones trágicas. Ricardo Ramírez Arriola nos presenta imágenes estremecedoras en su cotidianidad individualizada, reporta noticias aterradoras acerca de cómo pone en riesgo la vida la conversión de las personas que migran en “migrantes ilegales”. Nos recuerda los derechos que, sin embargo, tienen contra la impunidad sistémica que vivimos. Y también nos relata historias de solidaridades éticas y humanas sin precedentes.

Ante los peligros que corren, ante el hecho que la mayor parte de las y los migrantes deportados y repatriados a México y Centroamérica deciden reiniciar el viaje para llegar a Estados Unidos o Canadá, ante la determinación de las madres de seguir adelante a pesar de las violaciones y los intentos de feminicidio porque sus hijos tienen hambre, surgen acciones impensadas. Nada puede ser incoherentemente normalizado ni banalizado en la cruda ruta de las migraciones. Ni el horror ni la solidaridad. Desde la más simple y común en los países de raigambre campesina como México donde ofrecer una parte de lo que se come es costumbre, hasta la simpática de permitir jugar un partido de futbol en el propio campo recién barbechado a muchachos que acaban de despertar de un sueño reparador, y la heroica de las y los defensores de los derechos de los migrantes, de  los sostenedores de las casas de los migrantes y de Las Patronas, un grupo de amas de casa de Veracruz que con su propio dinero prepara cada día arroz y frijoles para lanzarlos a las muchachas y muchachos encaramados en La Bestia.

Ricardo Ramírez Arriola nos ofrece retratos y la información sobre los abrazos que significan los albergues en el camino. Nos recuerda con los salmos bíblicos tan repetidos en su Guatemala natal que todos los seres humanos somos peregrinos y nos reporta las extensas cadenas de solidaridad de paisanas/os centroamericanos y mexicanos en Estados Unidos. Nos ofrece una iconografía del cansancio y la fuerza y recuerda la deuda pendiente que significa que los mexicanos/as no necesitan visa para entrar a Centroamérica (ciudadanos/as de segunda en Norteamérica) mientras los y las centroamericanas (ciudadanas/os de tercera) son detenidos porque no portan una para entrar a México. Su libro, El círculo. Apuntes de una migración, se convierte así en una guía para no perdernos. En mucho más de un sentido.

 

Cuentepec, Temixco, Morelos, México, 2001.Foto y galería en: http://360gradosfoto.com/2013/12/18/18-de-diciembre-dia-internacional-del-migrante/

 

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Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis casi 61 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

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